A veces pienso que si las columnas o los escritos fuesen un discurso o una intervención en un evento presencial, empezaría por pedir un minuto de silencio por varios héroes y referentes caídos, muertos y asesinados. Policías, militares, importantes estadistas y hoy, un joven cuyo único pecado fue atreverse a participar. No puedo pedir un minuto de silencio, que tan necesario se siente al momento de escribir estas palabras, pero sí puedo invitar a una reflexión.
El vil, reprochable e inaceptable asesinato de Charlie Kirk, que por supuesto condeno con la más recalcitrante contundencia, es un suceso que bajo ninguna circunstancia podemos minimizar. Kirk, una figura cuyas opiniones y contenido digital pude conocer hace ya un buen tiempo, era una persona que no me evocaba mayor simpatía; me parecía que sus argumentos carecían de fundamento, de doctrina, y que se comunicaban a través del ataque personal (así fuese indirecto) antes que el diálogo y la construcción de consensos. No obstante, al enterarme de que recibió un disparo y posteriormente de que murió asesinado, no pude evitar sentir un profundo dolor.
“Nadie merece morir por defender lo que piensa.”
Por supuesto, es inevitable no recordar el asesinato, hace un mes exactamente, del Senador de la República Miguel Uribe Turbay. Que al igual que Kirk, murió a merced de las manos de la más repugnante degradación de una mal llamada humanidad… a merced de la delincuencia, del crimen y de la manifestación del mal en la tierra. Cómo no recordar también el asesinato de Fernando Villavicencio, importante y admirable voz de la política Ecuatoriana, que también fue asesinado por expresar sus ideas. Ojalá fueran los anteriores los únicos ejemplos de esta tendencia, pero también están los atentados, gracias a Dios ineficaces, al presidente Donald Trump en uno de sus icónicos rallies políticos y al exmandatario de Brasil, Jair Bolsonaro, quien recibió una apuñalada que por poco acaba con su vida. Ejemplos son lo que hay, y con mucha preocupación señalo una clara tendencia en esta serie de violentos atentados que se han dado en un corto, muy corto, lapso de tiempo: hoy profesar ideas de Derecha equivale a una muerte anunciada.
Nunca he creído en los términos simplistas de “izquierda y derecha”, pues estos etimológicamente solo significan si alguien era jacobino o monarquista en la revolución francesa, no es más. Pero para efectos de síntesis en este escrito, emplearé dicha terminología.
Ser de Derecha siempre ha sido una cuestión de honor; una defensa firme de principios sólidos, de un orden que busca estabilidad y respeto por las tradiciones que nos han forjado como sociedad. Hoy, sin embargo, ese mismo pensar se ha convertido en una trinchera peligrosa, donde sostener ideas conservadoras no solo implica cuestionamientos públicos, sino una condena social e inclusive, la amenaza a la vida.
Quizás usted, lector, haya sentido ese peso: las miradas inquisitivas, la descalificación de sus ideas por ser “anticuadas” u “opresoras”… el silencio incómodo, o el rechazo explícito que acompaña defender algo que para una bullosa minoría parece intolerable. Ser conservador en este tiempo es un acto de decencia que se paga con costos que van mucho más allá de una simple discusión de ideas.
Las noticias recientes estremecen el alma: asesinatos y atentados contra figuras que no tenían más que la valentía de expresar su fe en valores que ahora parecen proscritos, como los líderes anteriormente mencionados y tantos otros que hoy descansan en el recuerdo de quienes aún resisten con dignidad. Esto no es solo política; es una condición de riesgo que interpela la libertad misma de pensar y existir.
Pero la violencia no termina en las balas. El rechazo social desgarra la convivencia. La Derecha es señalada, reducida a estereotipos y excluida de la conversación pública. Y no solo en grupos radicales, sino en los ámbitos inclusive más cotidianos donde la corrección política se convierte en un arma para hacer callar voces disonantes. Lo curioso es que quienes nos critican y tildan de “opresores” son quienes nos oprimen realmente, quienes pretenden sacarnos de la discusión, quienes no quieren que podamos participar. Además, estos mismos son quienes más aclaman ese mal concebido ideario llamado “derechos”, pero son estos mismos quienes desconocen el derecho principal: la vida.
Es comprensible, entonces, ese temor que ronda en el alma de quienes mantienen firme su convicción. Pero hay que recordar que la verdadera valentía no es la ausencia del miedo, sino el sutil y constante acto de resistencia frente a la adversidad.
Ser de Derecha hoy significa un compromiso con la historia, con la patria y con un legado que merece ser preservado sin concesiones. Quien sostiene esos valores desde la serenidad y la firmeza, sabe que el precio es alto, pero que la causa merece cada sacrificio. No es un reclamo ni una queja. Es, más bien, un llamado a despertar la conciencia, a reconocer el valor de seguir creyendo cuando el mundo parece volverse en contra. Porque entre el rechazo y la muerte, literal o simbólica, florece la esperanza de un renacer que solo los que conservan la fe en sus ideales pueden levantar. Todo con la ayuda de Dios.
Que esta columna sea testimonio de ese compromiso y un abrazo silencioso para quienes, a pesar de todo, conservan la dignidad de ser de Derecha en tiempos que desafían hasta la más firme convicción. Si hay algo que nunca podemos soltar, fuera de nuestra fe, son nuestras ideas.