Durante años, la publicidad con mensajes progresistas, conocida como (woke advertising), fue celebrada como la estrategia audaz que acercaba a las marcas a nuevas generaciones. Lo que empezó como un gesto de ideologización cultural se ha convertido en un riesgo financiero.
“El mercado habla con cifras que no dejan espacio a relatos complacientes.”
Los cambios generacionales, culturales y políticos se están apartando de aquellas voces que, en las juntas directivas, impulsaban la inclusión forzada. Los casos recientes son prueba de un giro de tendencia.
La caída de Bud Light
En abril de 2023, Bud Light lanzó una colaboración con Dylan Mulvaney, figura asociada a campañas inclusivas. La reacción fue un boicot masivo que llevó a la cerveza más vendida de Estados Unidos a un desplome histórico: las ventas cayeron entre 11 % y 26 % en pocas semanas, y Anheuser-Busch perdió cerca del 20 % de su valor bursátil, unos 26.000 millones de dólares. El golpe no fue solo financiero: la marca pasó de líder indiscutible a convertirse en un símbolo de advertencia en el mundo corporativo.
Jaguar y la apuesta que terminó con la salida de su CEO
En 2024, Jaguar presentó su rebranding con la campaña “Copy Nothing”: un spot sin autos, con estética andrógina y un mensaje de ruptura con la tradición. La propuesta, desconectada del ADN de la marca, fue recibida con duras críticas y ventas en picada. En abril de 2025 la compañía reportó apenas 49 vehículos vendidos en Europa, una caída del 97,5 % frente al año anterior. Entre enero y abril, las ventas globales descendieron un 75 %.
La campaña aceleró la percepción de desconexión con su base de clientes tradicionales, y el golpe fue tan fuerte que en agosto de ese mismo año su CEO, Adrian Mardell, renunció en medio de la tormenta.
El origen del “Go Woke, Go Broke”
El lema “Go woke, go broke” nació en foros y redes sociales en la década pasada y ganó fuerza entre comunidades de videojuegos, foristas y consumidores cansados del hostigamiento cultural. No fue una estrategia de agencias ni de tanques de pensamiento, sino una reacción espontánea que, con el tiempo, trascendió lo digital. Hoy se usa en escenarios políticos, empresariales y mediáticos para señalar el impacto del movimiento woke y la forma en que logró permear instituciones públicas y privadas en todo el mundo.
El final de una estrategia
Los casos de Bud Light y Jaguar muestran que muchas compañías están recalculando. Frente al riesgo de desconexión con su base de consumidores, han optado por regresar a narrativas centradas en el producto, la experiencia y la innovación. La publicidad woke se ha convertido en una apuesta de alto riesgo: en un escenario donde una campaña de pocos días puede arruinar una marca construida durante décadas, el margen de error es mínimo.
La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el fin del wokismo? Aunque la tendencia todavía cuenta con apoyos en distintos sectores, cada vez resulta más difícil para las empresas justificar su respaldo a la llamada “industria rosa”. Desde el efecto Trump, esa hegemonía ha perdido aliados políticos, financiamiento público y la influencia que alguna vez tuvo en las redes sociales. Y frente a ella emerge un muro inesperado: la generación centennial, la más conservadora en décadas, que hoy marca un cambio de rumbo cultural y comercial imposible de ignorar.