En el corazón de la historia hay gestos que abren mundos. Uno de ellos fue el de Isabel de Castilla, la gran reina Trastámara, la gobernante más importante de toda la historia de España. Dios le dio la confianza y la fe para creer en la empresa de Cristóforo Colombo, aquel navegante que, movido por la intuición y el propósito, pensó en esta tierra para un nuevo mundo mejor.
Qué grande Isabel de Castilla; qué grande Cristóforo Colombo. Aquel encuentro no fue solo un viaje náutico: fue el inicio de una nueva forma de mirar al hombre, de comprender la misión que une a los pueblos bajo una misma luz.
La Hispanidad nació de ese impulso: de la fe, de la audacia, del deseo de trascender las fronteras. No es un simple legado histórico, sino una corriente viva que aún nos recorre. Los valores que la definen —y que son autóctonos de ella, por ende del hispanismo y de todas sus naciones— son los que siguen modelando nuestro espíritu: el mestizaje, la herencia de la sabiduría de los pueblos; esa fusión de almas y culturas que dio nacimiento a una identidad plural, rica y profundamente humana.
La Hispanidad supera la dialéctica pagana de las razas. Nunca se ha limitado a un pedazo de tierra, porque su esencia no es territorial, sino universal. Por eso ha podido abrazar al mundo entero: porque llega a toda la humanidad, precisamente por su misión universal.
Su raíz espiritual es el catolicismo, los cofalones de la cristiandad en la sociedad, ese entramado invisible que dio forma a universidades, hospitales, ciudades y leyes. Su pensamiento es el de la visión iusnaturalista del mundo, el del orden civilizatorio occidental, donde la justicia y la dignidad humana son el centro y no los márgenes. Y su inteligencia se manifestó en la Escuela de Salamanca, aquel laboratorio de ideas que comprendió, antes que nadie, las dinámicas comerciales, éticas y políticas de un gran globo terráqueo interconectado.
La Hispanidad también tiene carácter: recio, intrépido, alegre, gallardo. Un brío enérgico y una tenacidad que no se rinden, acompañadas siempre de prudencia, reflexión y una sed inagotable de conocimiento. Es la búsqueda de prosperidad y perfección, el impulso de ir siempre hacia adelante —adelante, nunca hacia atrás—, resistiendo hasta el final.
Hoy, más que una conmemoración, la Hispanidad es una invitación. Nos recuerda quiénes somos: herederos de una historia que no teme al mestizaje ni al cambio, porque sabe que la unión de los contrarios puede dar lugar a lo sublime. Nos recuerda que el coraje de Isabel y la visión de Colombo no fueron actos de dominio, sino de fe en el hombre y en la posibilidad de un mundo más grande.
En tiempos donde la identidad parece diluirse en etiquetas y algoritmos, la Hispanidad ofrece una certeza: que somos fruto de una herencia que nos llama a la altura, al conocimiento, a la justicia y a la belleza. Y, sobre todo, a no olvidar que nuestra misión, como la de aquellos primeros navegantes, sigue siendo avanzar. Avanzar con determinación, con esperanza, con la mirada puesta en lo eterno.
Porque la Hispanidad no es pasado: es el pulso vivo de un destino compartido.
¡Somos hispanos!