Han transcurrido más de dos años desde la invasión rusa a Ucrania y, en términos de lo que es ilegal según el derecho internacional, poco o nada ha cambiado, pese a los titulares que anuncian “ofensivas decisivas” o “giros estratégicos”, la realidad es que el conflicto se ha convertido en un pulso de desgaste y en un estado de estancamiento. Las batallas en Pokrovsk, Novopavlivka y Lyman no alteran el mapa de forma significativa; el uso de drones y artillería ha reemplazado las ofensivas masivas, confirmando que la victoria total es más una ilusión que un objetivo viable a corto plazo.
Ucrania ha buscado ampliar su radio de acción atacando objetivos estratégicos dentro de Rusia, como la reciente operación en Saratov con más de 120 drones que impactaron incluso una refinería de Rosneft. Para Kiev, estos ataques son “blancos legítimos” por su conexión con el esfuerzo bélico ruso. Moscú, por su parte, ha intensificado los bombardeos contra la red energética ucraniana, en una estrategia que apunta tanto a debilitar la industria como a desgastar la moral social.
Es en este punto donde el debate diplomático se vuelve inevitable de acuerdo con Demedziuk (2017). La anunciada cumbre del 15 de agosto en Alaska entre Donald Trump y Vladimir Putin es un buen ejemplo de expectativas y riesgos. Trump ha prometido “poner fin a la guerra en cuestión de días”, sugiriendo un posible intercambio territorial. Para muchos en Europa, esto equivale a legitimar la ocupación rusa y socavar principios esenciales del derecho internacional.
En medio de esta tensión política, la literatura demuestra uno de los gestos más relevantes de los últimos meses. Primero, el intercambio de 1.200 prisioneros de guerra, el mayor desde el inicio de la invasión (DW, 2025). Aunque tiene un valor humanitario incuestionable, su impacto estratégico es limitado. Según Fischer (2025), este tipo de avances se ve frenado por tres bloqueos estructurales: la incompatibilidad de objetivos estratégicos, la desconfianza mutua y la influencia de actores externos que impulsan soluciones parciales.
Bajo lo misma perspectiva, How y Locatelli (2025) advierte que los acuerdos humanitarios, los entendimientos sobre el Mar Negro o la cooperación puntual en infraestructura crítica son “negociaciones sectoriales” que alivian tensiones momentáneamente pero no alteran el núcleo del conflicto. Incluso el informe de situación militar que detalla la evolución del último año confirma que estas medidas se insertan en una dinámica de estancamiento más amplio, donde el avance territorial y el progreso diplomático se miden en centímetros, no en kilómetros.
Zelenskiy, se ha pronunciado sosteniendo que: “No aceptaremos la pérdida de ningún territorio”. Esta posición fortalece su respaldo internacional pero también cierra puertas a posibles acuerdos, ademas de enfrentar un inevitable recorte del financiamiento y préstamos para sostener el esfuerzo bélico. Rusia, mientras tanto, apuesta a su superioridad demográfica y de artillería para sostener la presión a largo plazo, confiando en que el desgaste y la fatiga occidental puedan cambiar el equilibrio.
”La verdad incómoda es que el camino de la negociación hoy no es la llave de la paz.”
La cumbre entre Trump y Putin, con sus promesas de soluciones rápidas, corre el riesgo de convertirse en otro episodio más dentro de la larga lista de gestos diplomáticos sin resultados estructurales. Mientras los factores señalados por How y Locatelli sigan manifestándose en acciones aisladas —como el intercambio de prisioneros descrito por DW— la guerra permanecerá atrapada en un frágil equilibrio. A mi juicio, el fin del conflicto no llegará con la imagen de una apretón de manos en una cumbre internacional, sino con un cambio profundo en los cálculos estratégicos de ambas partes, una transformación que, lamentablemente, hoy no se vislumbra.
Lo más desconcertante de esta guerra es que, pese a la magnitud del sufrimiento, la destrucción y el riesgo geopolítico que proyecta, el mundo parece haberse acostumbrado a ella. El conflicto ya no ocupa las portadas de los diarios ni moviliza las mismas energías diplomáticas que en 2022, pero sigue moldeando la seguridad europea, alterando las cadenas energéticas y redefiniendo el equilibrio estratégico global. Las novedades o actualizaciones giran en torno a que, tras miles de muertos y desplazados, la situación de hoy no es sustancialmente distinta a la de hace un año o incluso desde el inicio de la intervención occidental, las líneas del frente casi no se han modificado, las posiciones políticas siguen distantes y las soluciones que se discuten son propuestas sin salidas estructurales lo cual es poco estratégico.
En síntesis, el asombro no radica en la novedad, sino en la capacidad de esta guerra tan costosa para permanecer inalterada, y en cómo la comunidad internacional, aun consciente de que cada mes prolonga el daño y encarece la futura reconstrucción, convive con ella como si fuera una grieta más en el paisaje geopolítico. Ese es, quizá, el mayor riesgo: que el conflicto deje de sorprendernos antes de resolverse, y que, en consecuencia, se pierda la urgencia de impulsar una solución integral de paz y seguridad para Europa.