¿Hasta cuándo seguiremos otorgando impunidad al delincuente, castigo al héroe y camino abierto al narcotráfico? No nos equivoquemos. Colombia hoy enfrenta un grave deterioro en seguridad que sencillamente no pasa desapercibido: de enero a mayo de 2025 se registraron 521 homicidios, un aumento del 10% respecto al mismo período del año anterior, y los asesinatos a miembros de la Policía Nacional, a quienes representan la institucionalidad y nos protegen diariamente a nosotros los ciudadanos, se dispararon un 288%, pasando de 8 a 31 casos. El país vive una crisis donde la Fuerza Pública se siente cada vez más vulnerable y más despreciada por el colombiano de a pie y el control territorial se pierde día a día.
¿Hasta cuándo permitiremos que la inflación, que en agosto de 2025 alcanzó un 5,1% anual, afecte principalmente a los sectores más básicos como alimentos, salud y educación, golpeando duramente a la clase media y a los más pobres? Esta presión económica asfixia a millones y desestimula la inversión y el crecimiento.
¿Hasta cuándo la economía real soportará la “tributaritis” que ha venido infectando a los últimos gobiernos? La anterior siendo la aparente necesidad afanada de las administraciones de presentar varias reformas tributarias, que generan una incertidumbre fiscal y económica desmedida, incrementan impuestos y regulaciones, afectando la generación de empleo formal en un país donde la tasa de desempleo se mantiene alta, con cerca del 6,8% en las principales ciudades en el último trimestre. ¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo la educación será escenario de la más notoria imposición de una perversa ideología que desvía la atención de la formación en valores esenciales, cimentando generaciones más vulnerables a la decadencia moral? Mientras el Gobierno anuncia metas ambiciosas, la realidad nos muestra una desconexión con la educación en principios fundamentales de familia, respeto y patriotismo.
Entonces… ¿Qué hacer?
Tras los años que hemos vivido bajo la administración de esta perversa ideología llamada ‘progresismo’, marcada por retrocesos en la seguridad, la economía y la cohesión social, llega para Colombia una oportunidad crucial: las elecciones presidenciales y legislativas de 2026. Este momento histórico debe ser entendido como la ocasión para aprender de los errores cometidos y trazar un camino distinto, firme y coherente con nuestros principios.
Primero, urge recobrar el respeto por el orden y la ley. No basta con discursos ni promesas vagas: se deben fortalecer las instituciones encargadas de garantizar la seguridad, apoyando a nuestros policías y militares con recursos, respaldo político y mecanismos efectivos para erradicar el crimen y el narcotráfico. El Congreso debe expedir leyes rigurosas que castiguen con severidad la impunidad y que reconozcan la labor heroica de quienes defienden nuestra convivencia. Sobre todo después de lo sucedido con el magnicidio de Miguel Uribe Turbay.
En lo económico, Colombia requiere un giro hacia la promoción de la iniciativa privada, el empleo formal y la inversión responsable, eliminando cargas tributarias excesivas y reformas populistas que estrangulan a quienes construyen nación con su trabajo en aras de una falsa igualdad derivada del discurso marxista, que la verdad sea dicha, no ayudó a los pobres: los multiplicó. La austeridad, la disciplina fiscal y la generación de oportunidades serán la base para que el crecimiento sea sostenido y justo.
La educación y la cultura deben recuperar su propósito esencial: formar ciudadanos con valores firmes como el respeto a la familia, la vida y la patria. Esto implica defender una enseñanza que fomente la excelencia académica y moral, que promueva el pensamiento crítico, el amor por la libertad y el compromiso ético, lejos del adoctrinamiento sesgado y la politización ideológica.
En política exterior, la defensa soberana de nuestros intereses debe primar, recuperando relaciones de equidad y respeto con todos los países, sin subordinaciones ideológicas que aparten a Colombia de su legítimo desarrollo y proyección internacional. Es decir, presidente, ¡no más Gaza!
Finalmente, la unidad nacional debe ser un propósito compartido. Las elecciones de 2026 serán la oportunidad para elegir líderes comprometidos, honestos y capaces de convocar a todos los colombianos a sumar esfuerzos por un futuro digno. No se trata solo de un cambio de nombres, sino de ideas y principios.
Este país merece un liderazgo que entienda que la grandeza se construye desde la responsabilidad, la coherencia y la defensa sin concesiones de los valores que han constituido nuestra historia.
Que las próximas elecciones sean el punto de inflexión que recupere para Colombia el rumbo de la esperanza y el progreso verdadero, evitando por fin repetir los errores que nos llevaron a la actual crisis. La patria nos llama a actuar con valentía y sabiduría: el futuro será de quienes estén dispuestos a defenderlo con firmeza y patriotismo.