El año 2026 confirma que el orden internacional atraviesa una transformación profunda y diluye la visión de Fukuyama sobre el Fin de la Historia. La idea de un sistema regido principalmente por normas, instituciones multilaterales y consensos liberales ha sido reemplazada por una dinámica más cruda, en la que las grandes potencias compiten abiertamente por zonas de influencia, seguridad estratégica y control de recursos clave. Estados Unidos, Rusia y China protagonizan esta disputa a través de escenarios concretos: Venezuela, Ucrania y Taiwán.
Lejos de ser crisis aisladas, estos conflictos responden a una misma lógica estructural, el retorno de la geopolítica clásica en un mundo donde el poder vuelve a imponerse sobre las reglas (Mearsheimer, 2014; Allison, 2017).
En 2026, Venezuela dejó definitivamente de ser interpretada únicamente como una crisis política o humanitaria. La intervención directa de Estados Unidos marcó un punto de quiebre en la política hemisférica y evidenció el regreso de la geopolítica dura a América Latina.
Desde una perspectiva realista, la acción de Washington responde a una lógica histórica: impedir la consolidación de potencias extra hemisféricas en lo que considera su espacio estratégico inmediato. Durante años, Venezuela fortaleció vínculos políticos, económicos y militares con China y Rusia, convirtiéndose en un nodo incómodo para la proyección de poder estadounidense en el Caribe y América del Sur.
Más allá de los argumentos normativos democracia, narcotráfico o derechos humanos, el mensaje estratégico es claro, Estados Unidos no está dispuesto a tolerar la pérdida de influencia en su entorno regional. Esta lógica remite directamente a la noción de esferas de influencia, un concepto que, aunque políticamente incómodo, sigue estructurando el comportamiento de las grandes potencias (Mearsheimer, 2014).
El costo, sin embargo, es alto. La intervención erosiona principios fundamentales del orden internacional liberal y refuerza la percepción de que las reglas se aplican de manera selectiva, debilitando la legitimidad global de Washington (Nye, 2020). Si Venezuela simboliza la disputa hemisférica, Ucrania representa la ruptura definitiva del orden de seguridad europeo construido tras 1991. En 2026, la guerra continúa como un conflicto prolongado que ha redefinido fronteras, alianzas y percepciones estratégicas.
Desde el enfoque del realismo ofensivo, la guerra responde a la decisión de Rusia de impedir la expansión de la OTAN hacia su frontera occidental, incluso a costa de sanciones económicas y aislamiento diplomático (Mearsheimer, 2014). Para Moscú, Ucrania es un espacio vital; para Occidente, es el campo de batalla donde se defiende la credibilidad del orden internacional basado en reglas.
Sin embargo, la prolongación del conflicto ha demostrado los límites del poder normativo. La guerra híbrida, las sanciones y la presión diplomática no han sido suficientes para revertir completamente los avances territoriales rusos, consolidando una realidad incómoda: la fuerza sigue siendo un instrumento eficaz para modificar el statu quo (Galeotti, 2022). Ucrania, así, se convierte en el ejemplo más claro de la fragilidad del sistema de seguridad colectiva y del retorno de la competencia entre grandes potencias en Europa.
En el Indo-Pacífico, Taiwán representa el escenario más delicado del tablero geopolítico mundial. A diferencia de Venezuela o Ucrania, en 2026 no hay una guerra abierta, pero sí una presión constante y calculada por parte de China.
Para Beijing, Taiwán no es negociable: es una cuestión de soberanía, identidad nacional y legitimidad política interna (Xi, 2014). Para Estados Unidos, la isla es un pilar del equilibrio estratégico regional y un activo crítico en la cadena global de semiconductores, elemento central de la competencia tecnológica del siglo XXI.
Joseph Nye en 2020, advierte que la rivalidad estadounidense combina poder duro y poder blando, pero en Taiwán predomina el primero. La ambigüedad estratégica de Washington busca disuadir a China sin provocar una escalada directa, mientras Beijing opta por una estrategia gradual de presión militar, económica y diplomática. El riesgo es evidente, un error de cálculo en Taiwán podría escalar rápidamente a un conflicto entre grandes potencias, con consecuencias globales inmediatas.
Los tres casos analizados Venezuela, Ucrania y Taiwán confirman que el sistema internacional de 2026 está lejos de un orden cooperativo estable. En su lugar, emerge una estructura fragmentada donde las grandes potencias actúan guiadas por intereses estratégicos esenciales, incluso a costa de normas y principios previamente consensuados.
Graham Allison (2017) describe esta dinámica como una trampa estructural, en la que el ascenso y la resistencia entre potencias incrementa el riesgo de confrontación. Mearsheimer (2014) va más allá, sostiene que la competencia por poder y seguridad es inevitable en un sistema internacional anárquico. Desde esta perspectiva, no estamos ante anomalías, sino ante la normalización de la competencia geopolítica.
La repartición geopolítica del mundo en 2026 no se define en declaraciones multilaterales, sino en conflictos concretos. Venezuela refleja el retorno de la intervención directa en América Latina; Ucrania consolida el quiebre del orden europeo; Taiwán encarna el mayor riesgo de escalamiento global. Más que una nueva Guerra Fría, el mundo enfrenta un orden sin árbitro, donde la estabilidad depende del frágil equilibrio entre grandes potencias. Comprender esta lógica es indispensable para anticipar los riesgos de una era marcada por la rivalidad, la incertidumbre y la centralidad del poder.