La unión de la oposición: ¿Sueño o propósito?

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En un panorama de fragmentación y pulsos de ego, la oposición colombiana enfrenta el reto de transformar su dispersión en un proyecto de país coherente. Mientras la izquierda avanza con disciplina y estrategia, la derecha sigue atrapada entre personalismos y divisiones. El autor plantea que la verdadera encrucijada de 2026 no es electoral, sino moral y estructural: Colombia necesita liderazgo unificado, no voluntades aisladas.
Arte conceptual creado por Azimov Studios, utilizando generación avanzada de imágenes por IA con técnicas de hiperrealismo cinematográfico y renderizado 8K.

Yo no creo en la ‘derecha’ y en la ‘izquierda’ como “ideologías”, per se. Esa división tan contrastante es inocua, y etimológicamente esas palabras solo significan haber sido jacobino o monarquista en la Revolución Francesa. No es más. Yo sí creo que hay vertientes, y que no se puede poner en la misma bolsa de ‘derecha’, por ejemplo, a un David Luna con un Enrique Gómez, o en la misma bolsa de ‘izquierda’ a un Iván Cepeda con un Jorge Enrique Robledo. Empiezo esta columna con esa precisión porque por motivos de síntesis y de argumento, el escrito a desarrollar a continuación utilizará los términos de izquierda y derecha para presentar un sencillo argumento, pero dichos conceptos no se deben abordar de manera absoluta, sino por el contrario con consciencia sobre algo más similar a ‘oposición’ y ‘de gobierno’, valga la aclaración.

En el rumbo hacia las elecciones de 2026, la oposición colombiana, protagonizada por ‘la derecha’, enfrenta un desafío que vuelve y juega: la incapacidad de unificarse de manera efectiva frente a una izquierda que demuestra una cohesión y estrategia ejemplares. La fragmentación interna y la disputa por liderazgos dentro de los principales partidos de oposición han debilitado su capacidad para presentar un proyecto común que compita con la fuerza con la que la izquierda ha perfilado a su candidato y armado sus listas legislativas.La irrupción de figuras disruptivas como Abelardo de la Espriella y Juan Carlos Pinzón añade aún más complejidad. Más que aportar a la unidad, su presencia ha polarizado a la oposición, evidenciando que la política de la derecha aún se mueve más por protagonismos individuales que por proyectos compartidos. Estas tensiones no pueden subestimarse porque alimentan la fragmentación y desvían el foco del objetivo fundamental: construir un frente unido y competitivo.

Por otro lado, la influencia del presidente Álvaro Uribe sigue siendo un factor insoslayable. Pero lejos de actuar como unificador, su clave liderazgo hoy está atravesando el desgaste de su colectividad. Aunque él mantiene un rol decisivo y ha impulsado diálogos con diversos sectores para buscar acuerdos más amplios, la falta de directrices claras y la coexistencia de ambiciones personales generan desconfianza e incertidumbre dentro del mismo Centro Democrático. Germán Vargas Lleras, con su propia base y aspiraciones, se presenta como otro factor que trastorna las posibilidades de coalición, cuando la urgente necesidad es consolidar, no dispersar fuerzas.

En marcada diferencia, la izquierda ha dado una verdadera lección de democracia política y estrategia: la elección unánime de Iván Cepeda como candidato único y la cohesión absoluta en la conformación de listas al Congreso reflejan una cultura política enfocada en la unidad estratégica, el diálogo interno y la disciplina partidaria. Mientras la derecha parece batallar por acuerdos mínimos o ceder espacios a liderazgos fragmentarios, la izquierda capitaliza su postura coherente y organizada para presentarse ante el electorado como una opción consistente y sólida.

Es esta lección la que la derecha debe asumir sin reservas:

“La unidad no puede ser un objetivo retórico, una mera aspiración o un ideal distante. La unidad exige liderazgo serio, sacrificio personal, claridad en la estrategia y la superación de disputas que solo benefician a los adversarios.”

La fragmentación detrás de egos, tácticas divisivas y la falta de visión común termina por diluir las posibilidades de competir con éxito en un escenario político de alta polarización y exigencia.

La clave para que la unión deje de ser un sueño y se convierta en un propósito efectivo radica en la capacidad de comprender que las elecciones del próximo año no son una simple contienda electoral; son una verdadera encrucijada para Colombia, donde está en juego la dirección del país y su estabilidad democrática. Es el momento de poner sobre la mesa las diferencias para construir consensos, de hacer valer el pragmatismo estratégico por encima de las ansias personalistas y de convertir en fuerza lo que ahora parece fragmentación.

Si la derecha logra este paso, se abre la posibilidad real de ofrecer a Colombia una alternativa fuerte y con visión de futuro. Pero si persiste la dispersión y la inercia de los conflictos internos, el espectro de la continuidad del petrismo y sus consecuencias adversas permanecerá, y con ello una profunda frustración en amplios sectores que buscan renovación y seguridad.

La unión de la oposición no debe limitarse a la simple suma de voluntades individuales; tiene que ser un proyecto de país que inspire confianza, refleje gobernabilidad y materialice el compromiso con la defensa del orden, la libertad y los valores que han cimentado nuestra nación. Convertir esta necesidad en realidad es, sin duda, el mayor desafío político y moral que enfrentamos en el presente.

Colombia exige y merece un liderazgo que trascienda las diferencias y construya con inteligencia y dignidad el frente que ayude a su gran recuperación. La derecha tiene frente a sí la labor de transformar el sueño fragmentado en un propósito histórico y decisivo que resuene con fuerza en el alma del país. Solo así podrá aspirar a cambiar el rumbo y reconquistar la confianza de un pueblo que hoy más que nunca necesita unidad y dirección clara.

Que esta columna de opinión sirva como un llamado a las diferentes colectividades que hoy hacen parte de la oposición a la más radical expresión neocomunista que es el gobierno del presidente Gustavo Petro.

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