Lejano Oriente: El Tablero de Ajedréz Olvidado.

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El Lejano Oriente se ha convertido en el epicentro geopolítico del siglo XXI: un tablero donde China y Estados Unidos disputan influencia militar, económica y tecnológica. Entre Taiwán, el mar de la China Meridional y la península coreana, cada movimiento puede desatar una crisis global. Mientras países de la región oscilan entre pragmatismo y alianzas estratégicas, la tensión constante amenaza con normalizarse. Comprender esta dinámica es esencial para anticipar los reacomodos del poder mundial en las próximas décadas.
Arte conceptual creado por Azimov Studios, utilizando generación avanzada de imágenes por IA con técnicas de hiperrealismo cinematográfico y renderizado 8K.

En el Lejano Oriente se concentra hoy la tensión que definirá el rumbo del siglo XXI. Allí se cruzan rutas marítimas vitales, nacionalismos en ascenso y una competencia feroz entre potencias que en esta visión personal se califica como la nueva Guerra Fría Amarilla, aunque aún la academia no lo ha bautizado así. La región no es un problema lejano, ya que es el corazón de la economía mundial y, al mismo tiempo, el escenario donde un error de cálculo podría desatar una crisis global.

China encabeza el pulso, llevando la bandera de la modernización militar y su control cada vez más asertivo del mar de la China Meridional, chocando con la presencia de Estados Unidos y sus aliados. Taiwán, con sus semiconductores y su ubicación estratégica en la primera cadena de islas, es la línea roja más peligrosa. Pekín insiste en la reunificación, Washington promete defenderla. Como lo ha mencionado el académico John Maersheimer, “La búsqueda de poder solo se detiene cuando se alcanza la hegemonía. Las grandes potencias reconocen que la mejor forma de garantizar su seguridad es lograr la hegemonía ahora, eliminando así cualquier posibilidad de un desafío por parte de otra gran potencia.” (Mearsheimer, 2001, p. 2). En Asia Oriental, esa percepción se presenta cada día.

Bajo el contexto anterior así se está viendo el tablero geopolítico con los siguientes países:

Japón, tradicionalmente cauteloso, está dando un giro histórico; ha aumentado su presupuesto de defensa y fortalece su alianza con Washington, consciente de que la era de la neutralidad ya terminó. Corea del Sur vive atrapada en una paradoja, depende de EE. UU. para defenderse de Corea del Norte, pero necesita a China para sostener su economía. Al norte, Pyongyang mantiene su juego peligroso: pruebas de misiles, amenazas nucleares y una retórica que mantiene a la península coreana como polvorín permanente.

El sudeste asiático tampoco es un espectador pasivo. Filipinas ha regresado al paraguas militar estadounidense tras choques con Pekín en sus aguas. Vietnam, con una larga historia de tensiones con China, busca alianzas múltiples para no quedar atrapado. Malasia, Tailandia e Indonesia prefieren el pragmatismo, cuidando sus lazos comerciales con Pekín sin romper con Washington.

Y en medio de todos, Singapur, diminuto en tamaño, pero enorme en relevancia. Su puerto y el canal de Malaca, por donde pasa un tercio del comercio marítimo mundial y buena parte del petróleo que alimenta a Japón, Corea y China convierten a la ciudad-Estado en la bisagra del sistema global. El Almirante Mahan lo resumió hace más de un siglo: “quien domine el mar, dominará el comercio; y quien domine el comercio, dominará la riqueza del mundo”.

Por otra parte Camboya se abraza a Pekín sin reservas, Laos se hunde en la trampa de la deuda china, y Vietnam juega con astucia pero aún así abre la puerta a Washington, pero nunca la cierra del todo a su vecino del norte. Estos tres caminos distintos revelan la misma constante: el pulso del Sudeste Asiático se mide en función de China.

En este tablero, los países de la ASEAN intentan mantener autonomía, pero su falta de cohesión los vuelve vulnerables. Cada uno juega su propia partida, mientras la región se convierte en escenario de la competencia más intensa del planeta pero que poco se ha revisado y está pidiendo atención, ahora en tiempos donde la guerra como instrumento se determina como innata.

La pregunta es cuánto tiempo podrá sostenerse este frágil equilibrio. La rutina de portaaviones desplegados, ejercicios militares y discursos incendiarios amenaza con normalizar lo que debería ser excepcional: una tensión constante.

Ese es el verdadero riesgo: que el mundo se acostumbre a vivir al borde de una guerra global, olvidando que en el Lejano Oriente cada movimiento no es un simulacro, sino un recordatorio de que gran parte del destino del siglo XXI se define en ese tablero.

La realidad del Lejano Oriente es que la calma es engañosa. Cualquier chispa en Taiwán, en el mar de la China Meridional o en la península coreana puede encender una crisis de consecuencias globales. El mundo lo sabe, pero parece resignado a mirar desde lejos. Y esa resignación puede ser el error más costoso de nuestro tiempo.

El Lejano Oriente se ha consolidado como el verdadero epicentro de la geopolítica contemporánea, no solo por su peso económico y tecnológico, sino por ser el escenario donde se define la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, así como el futuro del orden internacional. La región concentra dinámicas de cooperación y conflicto, desde los mares disputados del Indo-Pacífico hasta las cadenas de suministro globales y las alianzas militares en transformación. Lo que ocurra allí marcará el pulso de la seguridad, la estabilidad y el desarrollo global en las próximas décadas. En consecuencia, comprender al Lejano Oriente no es un ejercicio de exotismo académico, sino una necesidad para anticipar los reacomodos del poder mundial en el siglo XXI.

 

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