El Partido Conservador… ¿Se fue para nunca más volver?

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No suelo escribir estas columnas utilizando la figura de la primera persona, ni hablando de manera tan propia, tan personal. Mis columnas las escribo siempre desde la estadística, desde la objetividad crítica y analítica, y con una respetuosa distancia a los sujetos de los que en ellas escribo (elemento que nunca suspenderé, ni siquiera en el presente escrito). Hoy, sin embargo, me tomo la libertad, o el riesgoso atrevimiento, si se quiere, de descarrilarme tan solo un poco de ese modelo, de divagar, de compartir algunos sentidos nacientes de la más ferviente y enérgica lealtad partidista que, desde un sentir inclusive patriótico, considero debo compartir.

Me refiero, por supuesto, al ‘Glorioso’ Partido Conservador; colectividad política de la que soy parte, no solo en calidad de militante, sino en calidad de Coordinador en sus juventudes, o para ser mas exacto, en calidad de “Coordinador de Participación de Nuevas Generaciones” (para usar un título injustificadamente pomposo). Hago esta presentación, pues considero importante clarificar que las opiniones compartidas a continuación, las hago desde dentro del Partido, desde mi autodenominación como conservador: de doctrina y de partido.

Doy inicio, ahora si, a la idea general de esta columna con una cita de un protagónico discurso del presidente Laureano Gómez que, debo confesar, me aprendí hace ya varios años y recito con frecuencia frente al espejo:

Ay!, del Partido Conservador, si olvidando la doctrina, se envenena con los personalismos. ¡Ay!, del Partido Conservador, si rompiendo sus tradiciones y disciplinas, se deja invadir por las estériles agitaciones politiqueras. […] y, ¡Ay!, del país, ¡Ay!, de la República Cristiana, ¡Ay!, de la Libertad, ¡Ay! De la tranquilidad de la vida, si el Partido Conservador no sabe estar a la altura de su deber”.“¡

Este apasionado discurso, ofrecido en el ‘53, es más vigente que nunca. Laureano Gómez y sus ideas: ¡Siempre trascendiendo su tiempo..! Lo sugería el presidente Gómez en ese entonces, y hoy también podemos afirmar que hasta hace no mucho tiempo el Partido Conservador era sinónimo de respeto, fuerza y talante indiscutible en la política colombiana. El Partido durante varios años se caracterizó como guardián firme de la estabilidad nacional, faro seguro frente a tempestades e incertidumbres. Se concebía la política como un arte delicado: conservar lo esencial, avanzar con prudencia, rehacerse sin traicionar nuestras raíces. Hoy, sin embargo, ese legado se diluye en una sensación profunda de decepción colectiva. El Partido Conservador enfrenta un asfixiante capítulo, de peor gravedad o magnitud que meras derrotas electorales o la pérdida de espacios en el escenario nacional. Se define, más bien, como una crisis de identidad que erosiona los cimientos mismos de su ser: la impronta imborrable de Caro y Ospina, heredada por estadistas como Gómez Hurtado, Lloreda o Alzate, que exaltaban la virtud del servicio, el compromiso con el bien común y la firme defensa del orden social. En demasiados casos, esas nobles convicciones han cedido paso a un pragmatismo difuso, como si la supervivencia a corto plazo, o inclusive, la permanente existencia del sí, justificara el abandono de sus principios fundamentales.

Esta decadencia, sin buscar responsables puntuales en esta oportunidad (aunque es un debate que tarde o temprano debemos, como conservadores, abordar), nos convoca a una reflexión profunda y honesta. La multiplicidad de voces internas, todas reclamando no un protagonismo mediático, como lo hacen otros partidos, sino un jugoso contrato o cargo en el Estado, sin unificar un discurso sólido que retome las banderas fundacionales; la tentación de abrazar modelos populistas o la adaptación a las malas dinámicas de la política moderna, han convertido a ese tesoro llamado Partido Conservador en una reliquia cuyo brillo amenaza con extinguirse. Y si no recuperamos pronto la esencia que dio sentido a la historia del Partido, ese legado puede perderse en el olvido y la indiferencia o, peor aún, prohíbase, en el desprecio de las gentes colombianas.

¡¿Cómo pudo el Partido Conservador, el Directorio Nacional, su bancada parlamentaria apoyar al presidente Petro?! ¡¿Cómo pudo adherirse al mal llamado ‘acuerdo nacional’?!, ¡¿Cómo puede seguir respaldando sus odiosos y regresivos proyectos en el Congreso?! O inclusive… ¡¿Cómo no consultan a sus bases, a sus militantes antes de tomar semejante decisión tan oportunista, tan lenteja (calificativo que utilizaba Gómez para referirse a aquellos conservadores que vendían sus principios por ‘un plato de lentejas’)?!

En este crucial momento, comparto una autocrítica respetuosa. El verdadero conservatismo, ese que sabe que conservar no significa aferrarse ciegamente al pasado, sino gobernar el presente con miras hacia el futuro desde la templanza y sabiduría, debe volver a ser la brújula. Solo así se reconquistará el prestigio que se basa en la coherencia, la ética robusta y el compromiso inquebrantable con la nación, que tanto se ha visto desvanecida por ‘las estériles agitaciones politiqueras’. El desafío no es menor ni responde a soluciones inmediatas, pero la urgencia es inaplazable. El Partido Conservador tiene en sus manos la posibilidad de reavivar su espíritu genuino, convocar a sus bases a un proyecto común que inspire confianza y reúna esperanza. Más que un actor político pasajero, debe consolidarse como custodio incansable del orden, la institucionalidad y la continuidad que Colombia necesita para navegar con paso firme hacia el futuro sin perder su esencia ni su alma. Todo bajo la guía de Dios.

Mi paso por el Partido, debo decirlo, no ha sido facil. Ha sido recovecoso y culebrero. Trabajar en Nuevas Generaciones es dificil. Siempre exaltando y felicitando a sus numerosas excepciones, Nuevas Generaciones es una agrupación tristemente cooptada por lo que Álvaro Gómez llamaba El Régimen. Construir consensos, trabajar en pro de un propósito común o inclusive ayudarse entre sí para crecer entre todos es algo que en mi experiencia no he encontrado en el Partido. Los intereses de la bancada parlamentaria, los equipos políticos, y el tire y afloje de los cargos institucionales y muchas otras instancias son ejemplos de una situación que, por falta de mejores calificativos, considero como profundamente desafortunada y decepcionante. Pero no entraré en detalle sobre esto hoy… habrá otros espacios más pertinentes para hacerlo.

Además, está también el tema aspiracional. Muchos conocidos me sugieren, o me regañan, también, al decir que no tengo por qué ser parte de un partido vendido, entregado al gobierno de turno fuere cual fuere, y que si en algún momento quiero aspirar a algún cargo de elección popular (sobretodo en Bogotá) lanzarme con el aval del Partido Conservador equivale a garantizar una rotunda derrota electoral… equivale a ‘quemarme’.

No discrepo, debo confesar. No es facil. Primeramente, por el agobiante y angustioso umbral… en una eventual candidatura a algún cargo de representación en Bogotá, podría lograr, hipotéticamente, una votación importante que me permitiría hipotéticamente ser elegido por cualquier lista que no fuera la conservadora, que por no alcanzar el umbral, me lo impediría. Además, por buena campaña que pudiera hacer, inevitablemente el electorado castigará en las urnas al Partido Conservador por su vergonzante actuar en la esfera nacional ¡y con toda la razón, ni más faltaba!

Entonces, la pregunta que nos queda no es si el Partido se fue para nunca más volver, porque ni se ha ido, ni nunca se irá…Colombia siempre ha sido y siempre será un país conservador, católico y orgulloso de sus tradiciones y de su historia. Lo que sí toca preguntarnos es qué tan dispuestos estamos a luchar para que no desaparezca definitivamente. La respuesta reside en regresar a ese Acuerdo Sobre lo Fundamental, con la audacia y la convicción con que se defendió, en su momento, la esperanza de una Colombia equilibrada, respetuosa de su historia, y preparada para enfrentar los retos de la modernidad sin renunciar al legado que la hizo grande. Me duele ver a tantos buenos conservadores irse de su casa, migrar a otros partidos tan distantes en doctrina, hablar siempre tan mal del Partido y no del accionar sus integrantes. La solución no es eliminar el Partido Conservador, es reconstruirlo, ayudarlo, protegerlo. Hay gente buena como la hay mala, y hago un llamado a tantos colombianos que son conservadores a que se atrevan a defender su partido. Cómo bien lo dijo una vez Álvaro Gómez:

“Hay más conservatismo que Partido Conservador”.

Que esta columna sirva como invitación a defender el partido, y como autoreflexión a mis compañeros militantes y dirigentes conservadores. Rectifiquemos, no eliminemos.

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