La política colombiana está cambiando de escenario y quizás todavía no dimensionamos la magnitud del cambio, ni el impacto que tiene esto sobre las nuevas generaciones.
Mientras el país entra de nuevo en clima electoral, resulta llamativo que no exista hoy un gran debate nacional entre quienes aspiran al poder. No hay confrontaciones programáticas robustas. No hay discusiones largas sobre seguridad, crecimiento económico, transición energética o crisis fiscal. En cambio, sí hay millones de personas conectadas viendo transmisiones de streamers en plataformas popularizadas por los videojuegos.
Las entrevistas de Westcol con Gustavo Petro y Álvaro Uribe marcaron un punto de inflexión cultural y político. No por su contenido exclusivamente, sino por lo que representan: la migración definitiva de la conversación pública hacia ecosistemas digitales gobernados por la atención, la emocionalidad y la influencia.
Las cifras son difíciles de ignorar. Según reportes sobre audiencias digitales, la transmisión de Westcol con el presidente Petro habría alcanzado cerca de un millón de espectadores simultáneos en Kick, una cifra inédita para una conversación política en Colombia. La entrevista posterior con Álvaro Uribe rondó los 150 mil usuarios conectados en simultáneo; sin embargo, alcanzó cientos de miles de visitas adicionales con ediciones que replicaron fragmentos de la transmisión, logrando acaparar la atención del debate en el momento más álgido de la campaña electoral antes de las votaciones en primera vuelta.
Más allá de cuál tuvo más audiencia, lo verdaderamente relevante es otra cosa: un streamer logró convocar niveles de atención política que hoy no consiguen ni los partidos ni muchos medios tradicionales. Eso cambia las reglas del juego.
Los influenciadores están alcanzando otro estadio; sin embargo, preocupa la frivolidad del debate.
Preguntas sobre estilo de vida, preguntas simples sobre temas comunes, y cada vez el debate público pierde más su calidad. Pasamos de los debates de Bernardo Hoyos con Álvaro Gómez Hurtado a las transmisiones donde no existe una pregunta técnica ni profunda. Enfrentamos algo peor que una entrevista matutina de entretenimiento o chismes.
Durante décadas, el acceso a la conversación pública dependía de intermediarios claros: periódicos, noticieros, radio, universidades, tanques de pensamiento o debates organizados por medios. Existía una estructura relativamente estable sobre quién hacía las preguntas, cómo se construía legitimidad y bajo qué códigos se desarrollaba la deliberación democrática. Las redes sociales premian las visitas, pero castigan los debates técnicos o profundos.
De acuerdo con lo mencionado anteriormente, hoy la política opera cada vez más bajo la lógica de las plataformas: clips virales, conversaciones largas sin edición, comunidades digitales hiperfidelizadas y figuras de internet capaces de moldear percepciones políticas sin pertenecer formalmente a ningún partido. Por momentos se sienten ciertos desprecios hacia las colectividades de todos los espectros. A los jóvenes de la Generación Z no les están gustando las etiquetas, pero en Colombia la política es partidista y esto genera bastantes dudas.
Luis Fernando, mejor conocido como Westcol, no es un accidente. Es un síntoma de lo que está sucediendo, y parece que Petro entendió hace tiempo el valor político de los lenguajes digitales. El uribismo también. Ambos saben que el liderazgo contemporáneo depende menos de la capacidad de dominar instituciones y más de la habilidad para ocupar la conversación cultural.
Por eso resulta tan revelador que, en pleno periodo preelectoral, los momentos políticos de mayor impacto no hayan sido debates entre candidatos, sino transmisiones con influenciadores.
La política empieza a hacerse “por intermediación emocional”, y eso tiene consecuencias profundas.
Porque el (influencer) no funciona como periodista ni como dirigente político tradicional. Su relación con la audiencia es distinta: más cercana, menos formal y emocionalmente más orientada a generar conexión. El seguidor no siente que está consumiendo un producto político; siente que está participando en una conversación auténtica, donde los “factos” de un (influencer) tienen más sentido que los de un analista versado.
No se trata de satanizar a los creadores digitales ni de añorar nostálgicamente una supuesta edad dorada del debate público. Esa conversación sería superficial y anacrónica. Los (streamers) ocupan un vacío cultural, y los políticos, siendo pragmáticos, lo entienden como buenos mercaderes y lo usan a su favor.
El problema no es el creador de contenido, el no tiene la culpa del sistema actual digital, pero si tiene mucho poder de influencia sobre un público que no ha votado o se mantiene indeciso, el factor Westcol tendrá influencia en las próximas elecciones y su publico que es la generación Z puede resultar decisiva.