No recuerdo con exactitud en qué parte de mi adolescencia me interesé por la figura excelsa de Don Álvaro Gómez Hurtado, pero sí sé que desde ese instante comencé a investigarlo, a leerlo, a oírlo, a interpretarlo. Fue su riquísimo legado el que me convirtió para siempre en conservador, aunque en su momento dudaba de si debía militar en el Partido Conservador histórico o en Salvación Nacional, el movimiento donde se dio el ocaso de su vida magnánima. Una existencia muchas veces vilipendiada por la propaganda de izquierda, que se ha ensañado inmisericordemente con él: primero, cuando lo atacaba como inflexible incendiario; luego, cuando quiso sepultarlo en el olvido; y ahora, cuando pretende apropiarse cínicamente de sus palabras para disimular su propia pequeñez.
Solo puedo afirmar con certeza que es gracias a Don Álvaro que el Partido Conservador sigue en pie, pues las nuevas generaciones de conservadores hemos optado por rescatar el ideario del movimiento más antiguo del país —junto al liberalismo—. Sus ideas siguen siendo tan frescas y necesarias que resultan plenamente aplicables hoy, a casi 31 años de su injusta desaparición del mundo terrenal a manos de la barbarie. Un magnicidio perpetrado por ignorantes que, con el paso del tiempo, no hicieron más que consagrarlo como la leyenda que estaba destinada a ser seculo seculorum.
Sin embargo, hoy no escribo para exaltar su faceta política; las palabras serían siempre insuficientes para acercarse a su brillantez. El motivo de estas líneas es resaltar una de sus facetas más fascinantes y tristemente inexploradas: su rol como artista, una vocación que no solo se visualizaba a través de sus escritos y discursos, sino mediante múltiples expresiones que delataban la presencia de un verdadero sabio renacentista en nuestra tierra.
Aunque siempre se declaró periodista, yo prefiero llamarlo humanista.
Cultivó las artes desde su infancia, forjada entre Argentina y Alemania —países a donde su padre, Laureano, fue enviado en comisiones por los mismos presidentes liberales que tanto lo persiguieron a él y a su prole—. El hijo más brillante del “Hombre Tempestad” poseía también talento para el dibujo y la talla en madera, tal como su tío, el grandísimo José María “Pepe” Gómez, caricaturista conservador a quien solo hacía sombra en relevancia el liberal Ricardo Rendón, y quien firmaba sencillamente como “Lápiz”.
Álvaro, heredero de esa estirpe, también dibujaba y perfeccionó su técnica en España durante el exilio al que su padre fue empujado por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Allá en tierras ibéricas, Álvaro adquirió un dominio notable de la pintura.
Su obra más entrañable es una modesta pero magistral colección de óleos dedicados a los caballos.
Él solía decir que estos animales eran los mejores amigos del hombre y, como buen hispanista, reconocía que fue sobre sus lomos como se hizo posible la gran obra evangelizadora e hispánica que conmemoramos cada 12 de octubre —fecha que la izquierda, fiel a su costumbre, ha desdibujado ideológicamente como el “día de la lucha de razas”—. Como un Da Vinci acuñando bocetos, Álvaro reivindicaba al semoviente en la historia humana a través de sus trazos.
Como el arte no era su oficio principal, sino el refugio para distraer la mente de sus ambiciones más graves —la primera magistratura de la nación o la construcción del gran Acuerdo sobre lo Fundamental—, su obra pictórica no es tan prolija como desearíamos. No obstante, es imperativo recordar que, además de los grabados y óleos equinos, retrató a su padre y a otros familiares, e ilustró el poemario de Eduardo Carranza Hablar soñando y otras alucinaciones (1974), justamente el año en que Colombia prefirió al “Pollo” López que al Gran Caballero. Contaba su hermano Enrique que varios de los bocetos de caballos que Álvaro había elaborado con esmero se fueron con él a su cautiverio a manos del M-19. Al parecer, la guerrilla sabía perfectamente que estaba ante una colección histórica y prefirió apropiarse de ella. Mal gusto no tenían, si acaso.
En sus últimos años, Álvaro legó su pensamiento a su hija más preciada: la academia.
A través de la cátedra de Historia y Cultura Colombiana en la Universidad Sergio Arboleda —institución que, le pese a quien le pese, ya ha entregado a la república dos jefes de Estado—, cautivó a generaciones de estudiantes. Quienes tuvieron el honor de oírlo, y que hoy son maestros, colegas y amigos, recuerdan que Álvaro grababa sus lecciones y que estas dieron origen a volúmenes fundamentales de sus Obras Selectas (que bien podrían llamarse Vida Selecta). Cuentan también que ilustraba sus explicaciones en el tablero para facilitar la comprensión de sus alumnos. Esa misma riqueza artística lo llevó a retratar a varios próceres del conservatismo y de la historia patria, cuyas obras engalanan hoy los pasillos de su alma máter.
Si Colombia fuera verdaderamente un país culto, la memoria de Álvaro Gómez sería escudriñada con devoción, y quedaría al descubierto que su faceta política —aquella que tantas injustas decepciones le trajo— palidecía ante sus virtudes de hombre generoso, de alma noble, poeta y artista.
Hoy más que nunca, Colombia necesita más humanistas y menos charlatanes.
En esas estamos, maestro; creo que vamos por buen camino.