Pareciera que la historia contemporánea padece de una amnesia sistemática que nos devuelve, de forma casi grotesca, a los peores espejismos de finales de las décadas de los sesenta y setenta. Para aquellos que no vivieron aquella turbulencia, es imperativo recordar que las patologías políticas incubadas por la revuelta estudiantil francesa de 1968 no se confinaron a los campus europeos; se propagaron globalmente hasta estallar, con una virulencia inédita, en el mundo islámico con la Revolución de 1979 en Irán. Analizar aquel proceso a la luz de los acontecimientos actuales no es un mero ejercicio de arqueología política, sino una urgencia diagnóstica ante una tragedia contemporánea que la corrección política se empeña en ignorar.
Para comprender la magnitud de la catástrofe iraní, es necesario repasar su sustrato geopolítico. Irán había funcionado bajo una órbita de dependencia e influencia británica hasta mediados de los años cincuenta, para posteriormente estructurarse como una monarquía modernizadora bajo la regencia del Sha Mohammad Reza Pahleví.
Paradójicamente, fueron los procesos de rápida occidentalización, secularización y transformación económica impulsados por el régimen los que provocaron la reacción visceral de los sectores clericales y conservadores más reaccionarios del chiísmo, quienes acusaban al monarca de corromper el alma tradicional de la nación.
En medio de esta pugna por la “pureza” institucional y cultural emergió la figura del Ayatolá Ruhollah Jomeini. Opositor radical al régimen, Jomeini encontró refugio y tribuna durante los años sesenta precisamente en Francia —el epicentro de aquel mayo del 68 que había dinamitado el orden tradicional y forzado la dimisión del general Charles de Gaulle—. Resulta una ironía histórica de proporciones dickensianas que Jomeini articulara su ofensiva ideológica y su terrorismo intelectual desde el corazón de una nación libre y secular, aprovechando las garantías de una sociedad abierta que el propio islamismo radical aborrece. Los jóvenes iraníes, formados en un entorno de relativa apertura intelectual a pesar de las restricciones de la monarquía, comenzaron a ver en el clérigo un redentor contra el autoritarismo estatal.
Aquí se consumó el gran equívoco histórico: la confluencia ciega entre los movimientos de izquierda, los sindicatos, los gremios de estudiantes —siempre autoproclamados “autónomos” pero manipulados con facilidad quirúrgica— y el clero fundamentalista. Incapaces de derrocar por sí solos al sha, los sectores seculares y marxistas (como el histórico partido Tudeh) celebraron un pacto fáustico con el integrismo religioso. Convencidos de la falacia de que Jomeini sería apenas un líder de transición democrática, sirvieron como los “tontos útiles” de una teocracia en gestación. Cuando la enfermedad del sha precipitó su caída y su posterior salida hacia los Estados Unidos, el vacío de poder fue inmediatamente copado por las estructuras clericales clandestinas.
Tan pronto como Jomeini consolidó su poder absoluto en 1980 —en medio de las turbulencias de la invasión iraquiza—, la careta cayó. Se promulgó la Constitución de la República Islámica y se desató una purga sistemática de proporciones bíblicas.
Los primeros en ser ejecutados, encarcelados o empujados al exilio fueron precisamente aquellos intelectuales de izquierda y estudiantes seculares que habían coreado su nombre en las calles.
Su ingenuidad política se pagó con la horca y la clandestinidad, alimentando una vasta diáspora que hoy nos legó testimonios desgarradores de la tiranía, como los inmortalizados por la escritora Marjane Satrapi en su obra “Persépolis”.
Hoy, contemplamos con estupor cómo Occidente protagoniza una patética y suicida recaída en este mismo delirio histórico. El fenómeno global articulado bajo consignas como Free Palestine no es otra cosa que el caballo de Troya contemporáneo de un fundamentalismo que instrumentaliza la buena fe de las sociedades abiertas para demolerlas desde adentro. Resulta de una ceguera intelectual alarmante ver a colectivos progresistas, feministas, organizaciones de diversidades sexuales y estudiantes universitarios en las capitales europeas y americanas manifestarse hombro a hombro con ideologías teocráticas que, de tener el poder absoluto, los someterían a la ley sharia, les prohibirían la disidencia y los eliminarían físicamente, tal como hicieron los ayatolás con la izquierda iraní hace cuatro décadas.
Esta alianza inconfesable entre el progresismo occidental y el integrismo islámico revela la bancarrota moral de una izquierda que, desprovista de proyectos económicos viables o ideales civilizatorios tras el colapso del socialismo real, se aferra al resentimiento nihilista contra Occidente. Queman las calles de las mismas ciudades europeas que acogieron generosamente a los exiliados del mundo árabe e iraní, ignorando que están importando el germen de su propia destrucción cultural y política.
Si Occidente no sacude su modorra intelectual y no recupera el principio de autoridad, la defensa intransigente de sus valores judeocristianos y el respeto estricto por el Estado de derecho, el avance del totalitarismo teocrático terminará por arrasar el último bastión de la libertad humana. La supuesta victoria de los dogmatismos radicales bajo el amparo de la izquierda global no traerá justicia social; será, irremediablemente, el certificado de defunción de los derechos de las mujeres, de las minorías y de la civilización misma.
La historia ya emitió su veredicto en Teherán en 1979. Pretender ignorarlo hoy en las calles de Occidente es firmar, con absoluta consciencia, nuestra propia sentencia de extinción.
Están advertidos.