Brasil sigue sumido en el engaño socialista, y por cuatro años más el continente afronta la amenaza de que se reviertan los avances políticos logrados este año por la derecha internacional. Salvo por el resultado electoral, fue un proceso de reconstrucción casi perfecto. Pero no voy a analizar los maravillosos logros que dieron a Lula —el dictador democrático de Brasil, un obrero que ahora se alza como el político más exitoso de la historia de su país y el mal ejemplo que la izquierda quiere emular internacionalmente—, sino cómo fue el catolicismo el que le otorgó su cuarto mandato sobre suelo carioca.
Brasil, el país más grande de Suramérica, el quinto más extenso del mundo y el décimo más poblado, es también —ojo al dato— el que mayor número de fieles católicos tiene en el planeta, superando incluso a México. Entonces, no es descabellado decir que allí la religión es un asunto no solo actual, sino de profunda influencia, tal como en Colombia aún lo es, a Dios gracias. ¿Pero por qué es relevante medir la elección en Brasil a la luz de los practicantes de la fe católica? Pues porque
Lula logró sacudirse el peso de sus escándalos de corrupción agitando la bandera de la fe.
Para comprenderlo, es necesario un poco de historia: Brasil fue colonia del Imperio portugués, cuyos navegantes eran fervientes súbditos espirituales del Papado, compartiendo la fe con su vecina España. La disputa por las tierras del Nuevo Mundo llevó a que el papa español Alejandro VI (Rodrigo Borja) dividiera de manera arbitraria el mapa americano; el reparto otorgó a los lusos el derecho sobre los territorios que hoy conforman Brasil.
La identidad nacional se gestó más tarde gracias a la valiente decisión del emperador don Pedro II de trasladar la corte de Lisboa a América, en un movimiento sin precedentes en el cual la metrópolis se mudaba a su colonia. Gracias a esa jugada arriesgada, el virreinato del Brasil no se fragmentó al alba de la independencia; en lugar de una sangrienta guerra de secesión, la monarquía reconoció la soberanía de manera diplomática.
Pasaron las décadas hasta llegar a la dictadura de Humberto de Alencar Castelo Branco —apoyado por Estados Unidos— y a los gobiernos sucesivos hasta la caída del régimen en 1985. Durante esos años de represión, se gestó en Latinoamérica el germen de la Teología de la Liberación, y Brasil fue precisamente el pionero de esa corriente bajo el liderazgo del obispo conciliar Hélder Câmara.
Desde entonces, sectores de la izquierda comenzaron a coquetear con expresiones del catolicismo popular, aunque el grueso de la derecha también albergue a un porcentaje masivo de católicos.
La derecha tradicional, sin embargo, ha encontrado un arraigo histórico muy fuerte en el evangelicalismo. Este se expandió por Latinoamérica durante los años sesenta como una estrategia de contención impulsada por Washington, bajo el convencimiento de que el Vaticano estaba infiltrado por simpatizantes del comunismo y de que la Teología de la Liberación constituía un peligroso germen insurreccional.
Ante el desgaste de los gobiernos de raigambre católica, las denominaciones protestantes comenzaron a ganar espacios colosales, hasta el punto de ser hoy la fuerza que más desafía el liderazgo de una izquierda que, paradójicamente, ha sabido camuflarse mejor en el tejido católico tradicional.
Dicho todo lo anterior,
con una población mayoritariamente católica, la veneración de la Santísima Virgen María es un asunto de seguridad nacional y emocional.
La gota que derramó el vaso en esta contienda ocurrió cuando el sector de la derecha —encarnado de manera incómoda por posturas protestantes— fue señalado de pretender retirar del imaginario colectivo la figura de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora Aparecida, para entronizar en su lugar al Cristo Redentor, un símbolo más neutro para los evangélicos que no reconocen la virginidad de María.
La advocación en cuestión es una versión morena de la Inmaculada Concepción, patrona de Portugal, y su carácter profundamente autóctono la convierte en objeto de devoción indiscutible de las clases populares y racializadas de Brasil, sectores que también gravitan en el espectro del populismo de izquierda de Lula.
Ni los gigantescos escándalos de Lava Jato y Odebrecht pudieron revertir esa fibra identitaria; literalmente, pareció un milagro político el que le devolvió al líder brasileño su cuarto mandato.
Se correr o bicho pega, se ficar o bicho come.