Las elecciones presidenciales de 2026 han sido, tal como lo presupuestamos en esta publicación, de las más azarosas y fascinantes de nuestra historia reciente. Desde la tensión de Rojas Pinilla frente a Pastrana Borrero no se sentía una atmósfera de tanta incertidumbre. Si bien algunos comparan este momento con la elección de Samper en 1994, los contextos son abismalmente diferentes; en realidad, por el grado de crispación social, la elección de 1970 —el año del “fraude” y el nacimiento del M-19— se siente hoy más cercana que nunca.
¿Cuál es el saldo final? Primero, el regreso de la derecha al poder tras cuatro años de marginalidad. Y segundo, el tema que nos ocupa hoy: el resurgimiento de un sistema bipolar.
El preconteo y el escrutinio confirmaron lo que todos temíamos: el país está dividido en dos mitades prácticamente iguales, una diferencia exigua que bastó para imponer un proyecto sobre otro.
Los bloques quedaron definidos: la derecha, bajo la batuta del ahora presidente electo, Abelardo de la Espriella; y la izquierda, aglutinada por el senador reelegido Iván Cepeda. Aunque, a juzgar por los hechos, el expresidente Petro se resiste a su retiro y parece decidido a disputar el liderazgo de ese nuevo bloque desde el llano. ¿Estamos regresando a las tendencias políticas de mediados del siglo pasado? Todo indica que sí.
El centro fue pulverizado por el voto útil.
La “aplanadora” del oficialismo logró remontar, pero no le alcanzó para superar el caudal de la derecha. La izquierda pasó de 9 millones de votos en primera vuelta a 12,7 millones en segunda, absorbiendo al centro como bloque ideológico. Fue una izquierda que, lejos de conciliar, prefirió unificar a sus contrarios bajo el miedo al enemigo común. Por su parte, la derecha creció 2 millones de votos, suficientes para capitalizar la defensa institucional frente al “fantasma constitucional” que tanto temieron los moderados. A quienes hoy tildan despectivamente de “ultraderecha” a la mitad del país, se les olvida que su “progresismo” —aforismo descarado para no llamar a las cosas por su nombre— también tiene sus propios fundamentalismos.
¿Colombia no sale del bipartidismo? Desde que en 2002 Álvaro Uribe rompió el sistema tradicional, el Partido Liberal y el Conservador perdieron su hegemonía. Sin embargo sus doctrinas no murieron; evolucionaron.
Sería un error técnico decir que la derecha es el nuevo conservatismo y la izquierda el nuevo liberalismo, pero en términos de influencia y ocupación de espacios, el paralelismo es inevitable. Los herederos del laureanismo hoy son la base de la derecha abelardista, y los admiradores trasnochados de López Pumarejo y Rafael Uribe hoy caminan junto a Cepeda.
Estamos, pues, ante un bipartidismo a la millennial: siglo XXI, redes sociales, globalización y la misma lógica de los años 40. Aquella vez, solo una amenaza común —la dictadura militar— logró unir a las dos mitades irreconciliables. La gran pregunta es:
¿tendremos que esperar a que surja un nuevo “rojismo” que amenace la estabilidad nacional para unir a Colombia, o seremos capaces, finalmente, de construir un acuerdo sobre lo fundamental?