2026, ¿el año de la crisis energética?

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Queremos una sociedad cada vez más digital y conectada, pero rara vez pensamos en la energía necesaria para sostenerla. Mientras la demanda eléctrica crece, los mercados energéticos enfrentan nuevas presiones y El Niño pone a prueba la generación en Colombia, 2026 empieza a dejar una pregunta incómoda. ¿Tenemos suficiente energía para sostener el mundo que estamos construyendo?
Arte conceptual creado por Azimov Studios, utilizando generación avanzada de imágenes por IA con técnicas de hiperrealismo cinematográfico y renderizado 8K.

Queremos ver una película en streaming en 4K, pasar horas consumiendo redes sociales, guardar miles de fotografías en la nube, pagar con el celular, hacer videollamadas desde cualquier lugar y utilizar la inteligencia artificial como asistente para trabajar, estudiar, diseñar o simplemente resolver una pregunta. Queremos todos los beneficios de una sociedad cada vez más digital, inmediata y conectada, pero rara vez pensamos en lo que cuesta mantenerla funcionando. El consumo energético global sigue creciendo y la infraestructura necesaria para sostenerlo no avanza a la misma velocidad. A eso se suman nuevas presiones, una guerra que volvió a tensionar los mercados de combustibles fósiles y un fenómeno de El Niño que amenaza la generación eléctrica en países como Colombia.

2026 parece recordarnos algo elemental. Todo beneficio tiene un costo. Nos gusta el avance de lo digital, pero no nos gusta asumir lo que cuesta sostenerlo. Nos gusta la leche, pero no la vaca.

Esa contradicción sería menos importante si la energía siguiera siendo abundante, barata y fácil de expandir. Pero 2026 ha comenzado a demostrar lo contrario. Mientras nuestro consumo digital aumenta y nuevas tecnologías exigen cada vez más electricidad, el sistema energético mundial enfrenta presiones desde distintos frentes. Hay dificultades para garantizar algunos suministros, la demanda eléctrica vuelve a crecer con fuerza y el clima amenaza fuentes de generación de las que dependen millones de personas. Lo que hace apenas unos años parecía una discusión sobre las necesidades energéticas del futuro empieza a convertirse en un problema del presente.

La primera señal llegó con la guerra en Medio Oriente. Antes del conflicto, por el estrecho de Ormuz pasaban cerca de 20 millones de barriles de petróleo al día, una cantidad equivalente a aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Cuando ese tránsito se redujo drásticamente, el efecto fue inmediato. La Agencia Internacional de Energía calificó lo ocurrido como la mayor interrupción de suministro registrada en la historia del mercado petrolero mundial y 32 países acordaron poner en circulación 400 millones de barriles de sus reservas de emergencia para aliviar la presión. El gas tampoco quedó al margen. Cerca del 20 % del gas natural licuado que se comercializaba internacionalmente atravesaba esa misma ruta.

Más allá de la guerra y de sus causas, el episodio dejó una enseñanza sencilla. Buena parte de nuestra vida cotidiana todavía depende de que enormes cantidades de energía puedan producirse, transportarse y entregarse todos los días sin mayores interrupciones. El petróleo mueve aviones, barcos, camiones y maquinaria. El gas alimenta hogares, industrias y centrales eléctricas.

Podemos hablar de economía digital, automatización y nuevas tecnologías, pero seguimos dependiendo de una infraestructura energética profundamente física.

Al mismo tiempo, el problema ya no está solamente en garantizar la energía que consumimos hoy. Estamos empezando a necesitar mucha más. La Agencia Internacional de Energía estima que la demanda mundial de electricidad crecerá alrededor de 3,6 % durante 2026 y 3,8 % en 2027. Hacia 2030 el mundo podría agregar cada año unos 1.100 teravatios hora de nuevo consumo eléctrico, muy por encima del crecimiento promedio registrado durante la década anterior. La industria, los vehículos eléctricos, los sistemas de climatización y los centros de datos están empujando buena parte de esa nueva demanda.

La inteligencia artificial probablemente sea el ejemplo más visible. Detrás de cada consulta, imagen o video generado existen centros de datos con miles de procesadores funcionando continuamente. Durante 2025 estos centros consumieron alrededor de 485 teravatios hora de electricidad y para 2030 podrían acercarse a los 950 teravatios hora, prácticamente el doble en apenas cinco años. Para poner la cifra en perspectiva, estaríamos hablando de un consumo similar al que actualmente utiliza un país industrializado con el consumo de Japón. La demanda de electricidad de los centros dedicados principalmente a inteligencia artificial podría crecer todavía más rápido y llegar a triplicarse durante el mismo período.

El desafío no consiste solamente en producir más electricidad, sino en hacerlo con suficiente rapidez. Podemos desarrollar un nuevo modelo de inteligencia artificial en cuestión de meses y construir un centro de datos en pocos años. Ampliar una red eléctrica, levantar nuevas centrales de generación o construir grandes líneas de transmisión requiere mucho más tiempo.

La tecnología está avanzando más rápido que la infraestructura necesaria para alimentarla, y esa diferencia comienza a convertirse en uno de los grandes retos de la economía digital.

Colombia tampoco está al margen de esta tendencia. En julio de 2026 la demanda eléctrica nacional alcanzó 7.701 GWh, un crecimiento de 6,49 % frente al mismo mes del año anterior. Consumimos más electricidad al mismo tiempo que nuestro sistema debe prepararse para enfrentar condiciones climáticas menos favorables. Y allí aparece otro de los grandes temas energéticos de este año, el fenómeno de El Niño.

El IDEAM ha advertido que El Niño continúa fortaleciéndose y estima una probabilidad superior al 90 % de que alcance una intensidad muy fuerte durante el último trimestre de 2026. Para un país donde la generación hidráulica continúa teniendo un peso fundamental, no es un dato menor. Los embalses terminaron agosto todavía en un relativamente cómodo 79,36 % de su capacidad útil, pero los aportes de agua ya completaban cuatro meses consecutivos por debajo de su promedio histórico.

La relación es sencilla. Cuando llueve menos, llega menos agua a los embalses. Cuando disminuye la disponibilidad de generación hidráulica, necesitamos recurrir en mayor medida a otras fuentes. En agosto, por ejemplo, la generación con combustibles fósiles aumentó 17,95 % frente al mes anterior, y una proporción importante de esa energía provino de gas importado. Colombia puede tener embalses todavía saludables y, al mismo tiempo, empezar a sentir una presión creciente sobre las fuentes que deben respaldarlos.

Es allí donde las diferentes historias de 2026 empiezan a conectarse. Tenemos una interrupción histórica en los mercados internacionales de combustibles, una demanda mundial de electricidad que vuelve a acelerarse, centros de datos que podrían duplicar su consumo en apenas cinco años y un país como Colombia que consume más energía mientras se prepara para uno de los fenómenos de El Niño más intensos de las últimas décadas.

Hablar de una crisis energética no significa necesariamente afirmar que mañana tendremos apagones o que el mundo se está quedando sin energía. La crisis puede entenderse de una manera más amplia. Estamos comenzando a exigirle al sistema energético mucho más de lo que estábamos acostumbrados a exigirle y la infraestructura necesaria para responder no puede crecer con la misma velocidad que nuestras necesidades tecnológicas.

Durante años discutimos principalmente de dónde debía venir la energía del futuro. Solar, eólica, hidráulica, gas, carbón o nuclear. Esa conversación seguirá siendo necesaria, pero 2026 parece estar obligándonos a formular primero una pregunta más elemental.

¿Tendremos suficiente energía para sostener el futuro que estamos construyendo?.

Queremos inteligencia artificial, streaming, pagos digitales, vehículos eléctricos, almacenamiento en la nube, automatización y servicios disponibles las veinticuatro horas. Queremos más tecnología y seguramente tendremos mucha más, pero todo eso necesita electricidad.

Tal vez esa sea una de las grandes enseñanzas de este año. La transformación digital no ocurre en el aire y tampoco es gratuita desde el punto de vista energético. Detrás de cada comodidad tecnológica existe una infraestructura que debemos construir, financiar y mantener.

Nos gusta la leche. Tal vez 2026 sea el año en que tengamos que empezar a pensar también en la vaca.

 

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