Álvaro Gómez: Alertándonos Sobre la Inmanencia

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Álvaro Gómez Hurtado no solo advirtió sobre la corrupción y las complicidades del poder, sino también sobre una crisis más profunda: la pérdida de trascendencia en Occidente. A partir de su crítica a la inmanencia, el autor retoma los conceptos de “laicismo salvaje”, “capitalismo salvaje” y “democracia salvaje” para plantear que el relativismo contemporáneo amenaza la verdad objetiva, la libertad y la propia concepción del ser humano.
Arte conceptual creado por Azimov Studios, utilizando generación avanzada de imágenes por IA con técnicas de hiperrealismo cinematográfico y renderizado 8K.

Álvaro Gómez Hurtado, político Colombiano que ayudó a construir la historia del país en la segunda mitad del siglo XX. Político conservador, periodista, constituyente, influyó con sus ideas hasta ser considerado un expresidente sin llegar a serlo.

Propulsor de economía de mercado en los setenta, reducción del Estado, atrevido en sus propuestas como la legalización del consumo de drogas, “desnarcotizar” las relaciones con EEUU, la planeación como un indicador para la economía y el sector privado, promover la democracia sin partidos para limpiar la política y, finalmente, su cruzada para elevar la política a niveles de dignidad para mejorar la democracia, mejorar la calidad de vida de la gente y derrotar las complicidades en el poder: “Tumbar el Régimen”, le llamaba.  Propuesta que movió los cimientos de la política y causa que defendía cuando lo encontraron las balas asesinas que terminaron su vida aquel 2 de Noviembre de 1995.

Este gran líder sufrió la persecución política, el destierro, el secuestro, la calumnia y, finalmente, el ser asesinado, hecho que él presagiaba como “un bel morir”. Dentro de todo su acontecer, sus últimos años también sirvieron para advertir no solo sobre la corrupción, a partir de las complicidades, sino también para señalar la causa de la decadencia del alma de Occidente: la inmanencia.

Concepto tal que designa la permanencia de algo en sí mismo, oponiéndose a la trascendencia, tiene su fin dentro del mismo ser, sin depender de una fuerza externa.

Señalaba Álvaro Gómez que Occidente ha perdido el rumbo porque se quedó absorto en sí mismo, negando o no aceptando la realidad circundante y acomodándola a sí mismo a costa de marchitar el alma humana a través de un racionalismo que pretende explicarlo todo, pero que pierde en el camino la verdad objetiva.

Al final de sus días, tanto en su cátedra universitaria en la Universidad Sergio Arboleda como en un diálogo en agosto de 1995 en el Auditorio de la Escuela Superior de Administración Pública, Álvaro Gómez indicaba tres aspectos de la inmanencia que estaban llevando a las sociedades a la pérdida de la trascendencia, principalmente en lo moral.

Decía Gómez que

se había perdido la noción del bien y del mal, que todo era válido.

Y por ende se había llegado a un estado de laicismo salvaje: no hay Dios, y por ende, al no tener bien y mal, todo se relativiza y la verdad depende de quién o de quiénes afirmen lo que es bueno o malo.

Como consecuencia de ello, todo se volvió susceptible de ser comprado o vendido, sin ninguna valoración moral, solo la ganancia por sí misma, y lo que conlleva a que la verdad sea de quien la pueda pagar, la pueda comprar y, por tanto, tenemos el capitalismo salvaje.

Finalmente, al no tener referentes morales claros, una verdad relativa que se respalda por quien la pueda financiar, tiene su expresión en los parlamentos, y por ende, quien pueda financiar las mayorías define las leyes, define qué es lo bueno y lo malo, y esto es lo que denominaba la democracia salvaje.

Laicismo salvaje, capitalismo salvaje, democracia salvaje fueron los tres puntos que señaló como los problemas venideros que se deberían afrontar para la supervivencia de Occidente.

Treinta años después, no solo es posible afirmar que su postura filosófica y política era acertada, sino que ha cobrado fuerza en las agendas progresistas y woke. El resurgimiento conservador ha resultado necesario para contener una propuesta que relativiza la verdad, descompone al ser humano y convierte lo subjetivo en una verdad personal, lo que impide el entendimiento entre los hombres, hace que la ley responda solo a presiones colectivas y permite que la censura y la crítica limiten las posturas trascendentes a un ámbito privado, lejos de lo público.

En última instancia, hoy se enfrenta la idea de una verdad objetiva con realidades sentimentales y subjetivas de cada individuo.

Y para ello, las instituciones, la democracia y las mayorías se han vuelto parte de la dictadura relativista que reniega del hombre y de la vida y busca reemplazarlo por una figura sin forma, híbrida, sujeta a los caprichos de la moda y el mercado, pero con tendencia a colectivizar las “verdades” a través de percepciones y la cancelación social de quien piense diferente a ellos.

Álvaro Gómez ya nos marcaba las luchas políticas del siglo XXI, hoy debemos estar atentos a sus advertencias.

Ya que el hombre, como criatura de Dios, que trasciende la materia y lo lleva a pensar y actuar en pro de la grandeza, está siendo víctima de su deconstrucción, donde la vida es prescindible como en el aborto o la eutanasia, o donde seremos solo un repuesto como en la manipulación genética, en la hibridación con la tecnología y en donde estamos cediendo nuestros pensamientos y delegando nuestras decisiones a una máquina llamada

inteligencia artificial.

El hombre occidental inmanente, que con su empuje y racionalismo ha construido esta última parte de la historia, necesariamente debe recuperar la trascendencia para no perder su valía y no ser tan solo un producto de consumo, una fuente de datos, unas sociedades que están siendo reemplazadas por una nueva forma de esclavismo amparado en las migajas de una subsistencia sometida al Estado. Un neocomunismo que se construye a partir de un hombre sin valía y sin mayor pretensión que el placer.

La historia ha demostrado que Álvaro Gómez estaba en lo cierto, pero es nuestra responsabilidad lograr un mundo mejor, con un hombre que basa su libertad en la trascendencia, en el Creador.

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