Desde el frente nacional, las campañas políticas se han comportado dentro de los parámetros de propuestas, contrapropuestas y críticas, pero sin alterar los nervios de la sociedad colombiana sobre el futuro, las instituciones, sin partir del supuesto de que uno u otro partido
o grupo político derrumbará lo construido, que cimentarán la catástrofe y que la contraparte promete revisar con espejo retrovisor las actuaciones de los funcionarios de gobierno y atacar las estructuras criminales que hacen parte de los procesos de paz.
Este contexto de contradicciones irreconciliables surge de la retórica de un gobierno que quiere cambiar la constitución bajo el argumento del bloqueo institucional, imponer una visión contraria a la libre empresa, sumando una gestión social y económica que ha sido muy precaria, a pesar de la propaganda y la retórica.
De otra parte, la oposición fragmentada, sin vocería fuerte y planes de futuro claros, perdió la capacidad de representar los reclamos de la gente. Si bien se frenaron muchos cambios propuestos por el gobierno, no logró asumir un papel consistente y unitario para hacer una propuesta que convocara las mayorías necesarias para superar el mal gobierno, quedando derrotados en la primera vuelta. Así, surge la candidatura de Abelardo De La Espriella, quien poco a poco asumió una oposición clara, fuerte, con un lenguaje agresivo en algunos casos, pero que se convirtió en el opositor al gobierno y el gran competidor del candidato del oficialismo.
Completando el cuadro, se encuentra Iván Cepeda, el cual propone dar continuidad a las políticas del gobierno de Petro, basar sus decisiones en el “poder constituyente”, que mimetiza en su programa la propuesta de Asamblea Nacional Constituyente del gobierno, impulsar los programas sociales, la estatización de servicios y la redefinición del papel del Banco de la República, y la no explotación de los recursos mineros y energéticos.
Este antagonismo electoral, en principio, se puede analizar entre derecha e izquierda, pero la retórica no ha sido muy propositiva y se ha basado en el miedo.
Y este miedo se ve entre las posiciones de país, que para ambos grupos políticos parten de que su contraparte nos llevará a la tragedia. Para la izquierda, la otra campaña está llena de fascistas, misóginos, machistas, paramilitares y neoliberales; para la derecha, la contraparte está amparada, con algo de razón, por las guerrillas, el narcotráfico y la corrupción.
En esta competencia democrática se han venido opacando las propuestas concretas y sacando a relucir una retórica de miedo. Sin embargo, la actual situación no recae necesariamente en los actuales candidatos; es fruto de la demagogia del presidente de la república, quien desde el comienzo de su gobierno ha marcado su derrotero en una lógica revolucionaria, en la cual sus ideas representan lo bueno y quienes no piensan como él representan lo malo, incomodidad por el marco institucional y la imposición de la política como estrategia de gobierno.
Así, los colombianos terminaron cayendo en un proceso en el cual era necesario, no sólo contestar las afirmaciones del presidente, sino combatirlas, dada su voz incendiaria y deslegitimadora de las instituciones.
Este lenguaje beligerante ha llevado a que la campaña política no se vea como un proceso competitivo, sino como una lucha entre contrarios, cuyo único objetivo es finalmente imponer y alejarse cada vez más del consenso.
Es cierto que uno de los componentes que más ha avivado esta confrontación es la alianza que ha hecho el gobierno con grupos al margen de la ley y con sectores de las guerrillas que aún se encuentran activas y bajo las armas copando gran parte del territorio nacional y contribuyendo a la inseguridad, a la violencia y al asesinato de un candidato presidencial, por tanto, al fracaso de “la paz total”.
Este Marco explica en parte la retórica que ha surgido en la controversia electoral y por tanto en el ahondamiento de la confrontación; sin embargo, las propuestas de modificar la Constitución y eliminar el consejo de estado, más impuestos a los ricos, el redefinir el papel del Banco de la República, entre otras propuestas por parte del candidato de izquierda, han fermentado un rechazo de buena parte de la población, quienes buscan estabilidad y lograr mejores condiciones económicas y sociales dentro de la actual constitución.
Nadie duda que ambas candidaturas tengan buenas intenciones en superar la pobreza, mejorar la economía y tener una mejor sociedad. Sin embargo, la retórica tomada del chavismo asusta buena parte de la población y las comunicaciones incendiarias del presidente hacen que se perciba como la réplica de la tragedia venezolana.
Los partidos de izquierda han logrado que una parte de la población se sienta representada, dada su retórica, de apoyar a los más desfavorecidos, a los excluidos, a los marginados y a los grupos minoritarios, apoyo que se perdería de no mantenerse en el poder.
Por tanto, se puede apreciar que el actual proceso electoral para elegir presidente de la República está condicionado, no por las propuestas, sino por el miedo que se tiene a la contraparte.
El miedo resulta ser un sentimiento, que en política puede generar violencia, persecución, y por lo tanto romper los canales de comunicación e ir deteriorando la democracia y resquebrajar la sociedad por muchos años.
El juego democrático, en palabras de Sartori, es lograr consensos en medio del disenso, pero la actual situación se prevé la confrontación.
Desconocimiento de los resultados en la primera vuelta por parte del gobierno y su tardío reconocimiento por parte del candidato oficialista y las demandas por el uso de la camiseta de la selección y los símbolos patrios, versus, la retórica de plantar cara a los excesos del gobierno, atacar la corrupción, acusar ante EEUU a los políticos que se presumen participan de la compra de votos por parte de la campaña opositora está llevando a un escenario de mayor calor y efervescencia.
En este sentido, tenemos una sociedad que deslegitima la actuación del contrario, y por ende, termina perdiendo la fe en las reglas de juego. Quiera Dios que de este proceso electoral se logren encontrar mejores caminos de diálogo sincero, con el fin de superar la actual condición en la que se tiene miedo del hermano.