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La crisis demográfica de Occidente no comienza en las estadísticas, sino en las decisiones cotidianas que vuelven cada vez más difícil formar una familia. Mientras las sociedades envejecen y las cunas se vacían, el autor plantea una idea sencilla pero olvidada: los niños no son una carga económica, sino la condición misma de la continuidad nacional. Una civilización que deja de apostar por ellos termina comprometiendo su propio futuro.
Arte conceptual creado por Azimov Studios, utilizando generación avanzada de imágenes por IA con técnicas de hiperrealismo cinematográfico y renderizado 8K.

Llegué a Madrid a mediados de febrero, disfrutando el frío seco que hiela las manos y permite caminar guiado por ese fascinante olor a churros y chocolate espeso tan característico de la ciudad. No viajé con la mente dispuesta a escribir ninguna crónica, mucho menos una crónica de guerra, pero me encontré con una contienda de la que no fui consciente en Bogotá. Una guerra silenciosa que versa sobre cunas vacías y hogares afligidos.

Fui —como corresponde— a los museos. Al Prado, sobre todo. A ver a los muchachos rubios y emperifollados de Velázquez, que te miran desde otro tiempo. Un tiempo en el cual ser niño no era un pecado. Y al hacer cola en la taquilla, vi un cartel pequeño, de los que nadie mira, y que rezaba: «Descuento para familias numerosas».

Me quedé un rato contemplando el aviso como si fuera un Goya. No por el dinero, que sumado sería unos cuantos euros con sus céntimos, sino por su hondo significado. Era una ventana a una realidad alterna, o más bien, un muro roto que dejaba ver, con su sangre y su pus, una repugnante fractura social.

Esa pequeña declaración de principios de una administración que decide, aunque sea por un día y en un museo, que los pequeños no son un estorbo que impide un mejor porvenir, sino personas humanas que merecen acceder a lo más alto de la cultura, el arte y la educación, me hizo pensar que eso es una muy buena definición de civilización.

Por eso quiero contarte algo (una perogrullada, dirás), pero que en la actualidad parece una herejía:

Los niños no pagan. Y si los gobiernos no lo entienden, lo pagaremos todos y muy caro.

España es un caso paradigmático, pues lleva años en invierno demográfico. De hecho, tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo. Y, pese a esto, en sus museos, en sus sistemas de transporte y en sus deducciones fiscales por hijo, encuentras rescoldos de cordura. Insuficientes, quizá, pero existen. Y existen porque un señor de traje y bigote, en algún despacho con olor a madera vieja, entendió que si no se promueve la familia, la nación desaparece.

El demógrafo francés Gérard-François Dumont, que sabe de esto más que tú y que yo juntos, lo explica con claridad meridiana: la gente quiere tener, de media, 2 o 3 hijos. Pero al final tiene 1 o 2. Esa diferencia es un impuesto hostil e invisible. Es la factura de la precariedad, de la educación inaccesible, de la vivienda imposible, del transporte oneroso… Es —básicamente— lo que separa el deseo de tener una familia numerosa, ruidosa, desordenada y feliz, de la realidad de un hijo único para no complicarse la vida.

Yo soy de los que miran a Hungría y se quitan el sombrero. No por su polémico presidente, sino por la tozudez de sus datos. Budapest ha sabido implementar una batería de medidas que harían llorar de envidia a cualquier ministro de Hacienda. Préstamos que se condonan al tercer hijo. Exención de por vida del impuesto a la renta para madres de cuatro o más hijos. Subvenciones para comprar automóviles grandes, donde quepan siete u ocho.

¿Qué sucedió entonces? Lo que tenía que pasar. La natalidad creció un 9,4% entre el 2019 y 2020. Los matrimonios legalmente constituidos se duplicaron. Una ganancia neta muy superior para toda la sociedad.

El exministro de Relaciones Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, lo resumió con una frase que me gustaría enmarcar: «La cuestión de si las familias se sienten lo suficientemente valientes para tener otro hijo ya no debe ser una decisión económica». Eso es, en otras palabras, que el pánico a no llegar a fin de mes no condene a todo un país a su ocaso.

La Federación de Asociaciones Católicas de Familia en Europa (FAFCE), que tiene voz autorizada en estas lides, lo dice con todas las letras:

la familia no es un costo, es una inversión en capital humano.

Y el presidente de FAFCE, Vincenzo Bassi, es aún más diáfano: «La familia es el futuro democrático y demográfico». Así pues, cuando los políticos —por lo general antinatalistas — bloquean las ayudas a las familias numerosas, no están ahorrando dinero; están hipotecando, por ejemplo, sus pensiones del futuro.

Años atrás, en una audiencia general, el papa Benedicto XVI —que sabía de estas cosas porque las había pensado con paciencia de teólogo y valentía de pastor— se dirigió a la Asociación Nacional de Familias Numerosas Italianas, comunicándoles que los núcleos familiares con muchos hijos constituyen «un testimonio de fe, de valor y de optimismo, porque sin hijos no hay futuro». No pidió limosna para ellos. Pidió dignidad y «adecuados intereses sociales y legislativos» para tutelar y sostener a esas familias, a las que “bautizó” por el nombre de «riqueza y esperanza para todo el país».

Y regreso con esto a los museos de Madrid. Porque al final, el descuento en la entrada del Prado es un símbolo. «Tu hijo importa. Su mirada ante los cuadros importa. El tiempo que pase contigo en este templo, en lugar de ver la pantalla del celular, importa».Porque una sociedad se retrata mejor en sus cunas que en sus rascacielos.

Los rascacielos hablan de la opulencia; las cunas, de la esperanza. Los primeros muestran lo que una nación ha logrado construir. Las segundas revelan si todavía cree que vale la pena continuar.

Y una civilización que deja de llenar sus cunas puede seguir levantando edificios durante un tiempo, pero ya no está edificando futuro, probablemente está decorando su fin.

Referencias

Benedicto XVI. (2012, diciembre 26). Audiencia general a la Asociación Nacional de Familias Numerosas Italianas. Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20121226.html

Consejo de Europa. (2025). Hacia una Europa amiga de la familia (Proyecto de Resolución Nº 16121). Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa.

Dumont, G.-F. (2025, diciembre). Entrevista sobre la brecha entre hijos deseados y reales. Avvenire.

Federación de Asociaciones Católicas de Familia en Europa [FAFCE]. (2024-2025). Declaraciones institucionales del presidente Vincenzo Bassi: La familia como inversión en capital humano. FAFCE.

Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa [OSCE]. (2025). Resolución sobre la respuesta al invierno demográfico. Sesión Anual de la OSCE, Porto.

Szijjártó, P. (2020). Declaraciones sobre política familiar húngara [Discurso oficial]. Ministerio de Asuntos Exteriores y Comercio de Hungría, Budapest.

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