Unos buscan la libertad en los límites al Estado, intentando proteger al individuo de la expansión del aparato burocrático. Otros consideran necesario aumentar las capacidades gubernamentales para corregir injusticias y así garantizar la libertad de los oprimidos y los “subalternos”. ¡Vaya dicotomía empobrecedora y reduccionista!
¿Dónde reside la otra parte de la libertad que se le escapa al Estado y al mercado?
Esta discusión ideológica es el reflejo de la bipolaridad contemporánea e ignora aquello que constituye el verdadero tejido de la vida en sociedad. Ya lo advertía Russell Kirk, «la ideología es enemiga del verdadero logro intelectual». Y es que
la ideología lo simplifica todo, mientras la realidad humana es intrincada, compleja e inabarcable.
Resulta entonces que en ese debate existe una gran omisión: la sociedad en sí misma. Porque entre el individuo y el Estado hay un vasto número de instituciones, comunidades y asociaciones que no pertenecen plenamente a ninguno de los dos ámbitos. En ese espacio encontramos la familia, la universidad, la empresa, la Iglesia, los gremios, entre muchas otras expresiones de vida asociativa. Los denominados Cuerpos Intermedios de la Sociedad.
Jaime Guzmán Errázuriz comprendió con total lucidez la relevancia de dichos cuerpos. Su acervo cultural y profundo conocimiento de la Grecia clásica le permitieron identificar que la libertad no se juega únicamente en la relación entre el ciudadano y el poder político, sino que también depende de la autonomía de las comunidades naturales que cumplen fines que el Estado, e incluso la política, no pueden ni deben monopolizar.
Dicho de otro modo, la familia está llamada a formar personas; la escuela, a educar; la empresa, a generar riqueza; la Iglesia, a atender el espíritu, y las demás organizaciones sociales, a servir en causas concretas que van más allá de lo meramente político.
Es por esta razón que
cuando estas instituciones son instrumentalizadas y politizadas, la libertad queda amputada.
La universidad deja de buscar la verdad a través de la ciencia y el arte para convertirse en trinchera ideológica. La Iglesia sustituye la trascendencia por el activismo. Los sindicatos abandonan la defensa de los trabajadores y se convierten en amplificadores de ambiciones partidistas. Los medios dejan de informar para ser altavoces de propaganda.
El resultado de todo ello es la pauperización de la sociedad a través de la eliminación de espacios donde las personas aprenden a ejercer y ejercen su libertad.
Edmund Burke llamó a estas comunidades los «pequeños pelotones» de la sociedad. Esos primeros escenarios donde aprendemos la lealtad, la responsabilidad, el sacrificio y la cooperación. Antes de amar a la patria, se ama a la familia; antes de participar en la política, se participa en una comunidad concreta. Hay una cosa cierta:
la libertad no nace en las cortes, los congresos o las presidencias. Nace mucho antes, en esos vínculos cotidianos que forjan al ser humano.
Así pues, es tan falsa la consigna liberal que afirma que la libertad consiste en la no interferencia estatal, como el lema marxista que la identifica con la acción redistributiva del Estado. Una persona aislada, desprovista de vínculos e identidad, difícilmente puede considerarse libre. Una persona subyugada y tutelada es la antítesis misma de la libertad.
De manera que la libertad auténtica requiere instituciones fuertes que protejan al individuo tanto de la arbitrariedad del poder como del abandono social. Requiere raíces además de derechos y garantías.
Las grandes tiranías del siglo XX comprendieron esa realidad. Por eso, antes de entrometerse en la privacidad de los individuos, procuraron controlar las familias, someter religiones, alinear universidades, expropiar medios, quebrar empresas y convertir las asociaciones civiles en extensiones del aparato estatal.
Sin duda sabían algo que muchos teóricos contemporáneos parecen haber olvidado:
un individuo aislado es vulnerable; una sociedad robusta y articulada es difícil de someter.
En definitiva, lo indispensable para una sociedad libre no es elegir entre el Estado y el individuo. Lo indispensable es preservar aquello que existe entre ambos.