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Colombia asiste al declive de las vías de hecho como arma política. El fracaso del paro y la consulta laboral revelan un cambio de época: el desgaste del discurso de la calle como mecanismo de poder. Mientras el petrismo pierde narrativa, respaldo y calle, la democracia institucional empieza a despertar con más fuerza que nunca.
Arte conceptual creado por Azimov Studios, utilizando generación avanzada de imágenes por IA con técnicas de hiperrealismo cinematográfico y renderizado 8K.

Colombia vive hoy un momento histórico. La negativa del Congreso a aprobar una costosa consulta popular sobre la reforma laboral y el posterior fracaso de un intento de paro nacional convocado por sectores cercanos al gobierno, han dejado al descubierto una realidad que algunos se resisten a aceptar: las vías de hecho han perdido eficacia como herramienta política. Y eso es una buena noticia para la democracia.

El Ejecutivo, tras ver cerrada la puerta de la consulta, intentó reactivar un libreto ya desgastado: agitar la calle como presión frente al Legislativo. Pero la respuesta ciudadana fue clara. El llamado a la movilización tuvo un eco mínimo, casi nulo. Lejos quedó aquel relato del “pueblo incontenible” que desbordaba las instituciones. La sociedad colombiana empieza a dar señales de madurez democrática donde los caudillismos carentes de criterio pasan a un segundo plano.

Porque conviene decirlo sin ambigüedades: el derecho a la protesta está garantizado constitucionalmente y debe ser protegido con rigor, incluso cuando incomoda. Pero el llamado “estallido social” fue otra cosa: no fue una expresión ciudadana pacífica, sino una estrategia de presión que en muchos casos derivó en bloqueos ilegales, vandalismo, parálisis institucional y ataques a la economía en todos sus sectores. Fue, en esencia, un acto antidemocrático. Pretendió sustituir el debate por el ruido, el consenso por la imposición, la democracia por el caos.

Hoy, ese libreto ya no seduce. Y los hechos lo demuestran. El gobierno, que antes alentaba la movilización como forma de disputa del poder, ahora la convoca sin eco y luego, cuando no encuentra respaldo, la niega. El Congreso, por su parte, cumple su papel y ejerce su función deliberativa sin someterse a presiones populistas. Y la ciudadanía observa, valora, y hace una crítica reflexiva.

En este contexto, las palabras del himno nacional resuenan con nueva fuerza: “Cesó la horrible noche” Esa “horrible noche” quedo inmortalizada en el himno nacional como un recordatorio de que los malos propósitos en una nación jamás serán eternos, y que toda noche tiene un amanecer, ahora en estos momentos difíciles para la democracia del país, empieza a aparecer un destello de luz, el nuevo día.

El fin de las vías de hecho no es solo una victoria para la democracia; es también una derrota simbólica para el sector político que llegó al poder convocando un paro nacional en el momento más crítico de una pandemia. Ese mismo sector que cumplió un sueño cultivado por décadas de marxismo: convertir la movilización callejera en herramienta de desestabilización institucional y económica. Pero esa realidad ya no existe. El país que vivió el estallido social es distinto al de hoy.

“Negar todos los actos de corrupción del gobierno y usar la premisa de Goebbels de que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” no es sostenible a largo plazo y les comienza a pasar factura.”

El petrismo, que alguna vez se sintió imparable, hoy se repliega hacia su núcleo duro. Sin calle, sin narrativa, sin redes, sin medios, sin respaldo internacional, sin presupuesto, sin una izquierda cohesionada, y sin resultados de un gobierno que ya no tiene ninguna bandera que mostrar, el proyecto político del gobierno empieza a mostrar señales claras de agotamiento y de ser vergonzante para algunos que ya se empiezan a desmarcar. ¿Qué le queda entonces al petrismo? Apenas la maquinaria, en un país donde crece el voto de opinión. ¡CESO LA HORRIBLE NOCHE!

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