El 19 de mayo de 2026, cinco tipos de bonos del gobierno colombiano superaron el 15% de rendimiento, la tasa más alta desde la crisis del covid. «Del 9% al 15% sin ayuda de nadie», escribió un analista de mercado. Esa frase resume el problema mejor que cualquier informe técnico, Colombia se está endeudando más caro y rápido, sin que nada externo lo explique del todo.
En los últimos dos años el costo del servicio de la deuda aumentó cerca del 40%, mientras la economía creció entre 2% y 3%. Esa ecuación define el problema, el país está en un proceso de endeudamiento acelerado, y el objetivo debe ser el desapalancamiento, es decir, reducir lo que se debe respecto a lo que se produce. El debate político suele girar alrededor de ideologías, pero hay una aritmética simple, cuando el costo de la deuda supera el crecimiento del PIB, el problema se acumula de manera compuesta.
Para salir de una espiral de deuda, los países tienen cuatro palancas: i) gastar menos, ii) renegociar lo que se debe, iii) cobrar más impuestos y iv) crecer más rápido, está última con la difícil y limitada tarea adicional de bajar tasas de interés sin despertar la inflación. Ninguna funciona sola. La salida no traumática, la que no termina en crisis, devaluación o intervención del FMI, combina gradual y marginalmente las cuatro de forma que el crecimiento nominal de la economía supere el costo de la deuda.
La primera palanca es la credibilidad fiscal. Cuando el gobierno suspendió la regla fiscal, el compromiso de no gastar más de cierto límite, les mando la señal clara a los mercados de que las reglas son negociables.
Los mercados respondieron cobrando más por prestar. Es el precio del riesgo, no un castigo ideológico.
Los inversionistas no reaccionan tanto al nivel actual de deuda como a la dirección de la política económica. Hoy esa dirección es preocupante.
La segunda y tercera palanca son la renegociación y la tributaria. Colombia tiene una de las bases tributarias más estrechas de la región: cerca del 60% de la fuerza laboral es informal, no paga impuestos, no cotiza pensión, no aparece en las cuentas del Estado. Una minoría financia al país entero. La solución no es subir más impuestos a quienes ya pagan, puesto que ya están entre los más altos de América Latina para empresas formales, sino incorporar a quienes no pagan, con trámites más simples, costos de formalización más bajos, pagos digitales que reduzcan la evasión. Y en paralelo, gastar mejor, no recortar a ciegas, sino distinguir entre gasto productivo en educación de calidad, infraestructura y salud entre otros y gasto que no produce, burocracia duplicada, subsidios que llegan a quien no los necesita, contratos que no ejecutan. La calidad del ajuste es tan importante como su tamaño.
La cuarta palanca, y la más poderosa, es crecer más rápido. Colombia tiene potencial real en varios sectores que siguen bloqueados. El agrícola es enorme, gran parte de la tierra cultivable permanece improductiva, pero choca con la indefinición del catastro multipropósito y un conflicto por la tierra que ningún gobierno ha resuelto del todo. El turismo post-conflicto creció con fuerza hasta que la inseguridad volvió a cerrar corredores; sin orden público, el sector no puede escalar. La relocalización de cadenas productivas hacia América Latina es una oportunidad histórica, pero exige zonas industriales, energía estable y trámites predecibles, tres cosas que Colombia promete y no siempre cumple. Las renovables tienen potencial técnico sobresaliente, bloqueado por licencias que tardan años y comunidades sin protocolos claros de consulta.
Y ahí está
el problema de fondo, el obstáculo principal no es económico sino político.
Los grupos que se benefician del gasto resisten los recortes. Quienes deberían pagar más impuestos bloquean las reformas. Y los gobiernos en campaña, tienen pocos incentivos para anunciar ajustes dolorosos. Ese bloqueo suele prolongar el endeudamiento hasta que el mercado toma la decisión por todos, generalmente de la peor forma.
Por eso Colombia enfrenta tres caminos. El primero, un ajuste ordenado con reformas graduales, más crecimiento, y una deuda que baja sin trauma. El segundo, parches insuficientes, algo de ajuste, algo de crecimiento, vulnerabilidad que se acumula. El tercero, el mercado fuerza el ajuste, tasas que se disparan, peso que cae, FMI que llega con condiciones. Históricamente en América Latina, el tercero es el más frecuente, porque los dos primeros requieren decisiones que ningún político quiere tomar antes de una elección. El diagnóstico honesto de hoy es que Colombia ya no está claramente en el primer camino, las tasas al 15%, la deuda de corto plazo disparada (en 2025 el gobierno emitió $92,7 billones en títulos de corto plazo, un alza del 368% frente al año anterior) y un funcionario del propio gobierno describiendo la situación como «el incendio se extiende, no se apaga». Todo apunta a que el país se está deslizando hacia el tercer camino. El primer camino sigue siendo posible, pero requiere que el próximo gobierno llegue con un plan serio y concreto.
En abril Colombia ejecutó una operación de recompra de deuda por USD 4.560 millones que hizo bajar el riesgo país a mínimos de cinco años (219 puntos básicos, frente a los 500 de hace dos años), esa fue una ventana de credibilidad. El problema es que
las operaciones financieras compran tiempo; no resuelven la ecuación de fondo.
Un mes después, los bonos están disparados. No es una contradicción, es exactamente cómo funcionan las crisis de deuda cuando el tiempo comprado no se usa. La pregunta es entonces, ¿el próximo gobierno llega con un plan para cerrar la brecha con crecimiento, formalización y gasto productivo, o llega a apagar el incendio?
La aritmética no tiene ideología pero sí tiene paciencia limitada.